La Iglesia tiene por delante, después del coronavirus, ardua tarea si aspira a dejar de ser una institución cuya "desubicación social y cultural" es "evidente". Arregi
"Con contadísimas excepciones, la Iglesia católica ha acatado con
civismo y responsabilidad las directrices administrativas sobre el
confinamiento –no podía ser de otra forma–, pero creo que, en general, se
revela incapaz de hacerse próxima y samaritana en esta situación"
"Mientras siga imaginando a Dios como Ente Supremo personal a
imagen humana, la Iglesia seguirá confinada"
"Es muy posible que mucha gente redescubra la profunda necesidad de
mirarse más a fondo a sí misma, a la naturaleza que somos, le necesidad de
'espiritualidad'... Pero no creo que la vuelvan a encontrar en las
instituciones religiosas tradicionales con sus dogmas, ritos y códigos"
"No se trata de que los 'laicos' asuman 'ministerios ordenados',
sino de superar la distinción entre laicos y clérigos (distinción creada por
los clérigos) y, por lo tanto, entre 'ministerios ordenados' y 'ministerios no
ordenados', como si los primeros emanasen de 'Cristo' a través de su
representante sagrado (el obispo) y los segundos fuesen 'mera delegación de la
comunidad'"
15.04.2020 José Manuel Vidal
"Que ponga la defensa efectiva de los pobres de toda la Tierra, como lo hace el papa Francisco, por encima de todo dogma, rito y norma moral, asuma un paradigma cultural, político y teológico integralmente ecológico y feminista, y acepte radicalmente el principio de la laicidad tanto en el orden socio-político como espiritual". En palabras del teólogo José Arregi, la Iglesia tiene por delante, después del coronavirus, esta ardua tarea si aspira a dejar de ser una institución cuya "desubicación social y cultural" es "evidente".
Crítico frente al mismo discurso "medieval, de siempre",
Arregi reflexiona en esta entrevista sobre la urgencia de reformar los
códigos eclesiásticos y la teología de fondo, provocando la aparición de una
Iglesia que demuestre ser de veras samaritana.
¿Cómo está percibiendo la sociedad española la implicación de la Iglesia
y el papel que está jugando en la pandemia? ¿Está cumpliendo su función social?
Carezco de datos sociológicos, pero mi impresión personal, desde este
rincón de Gipuzkoa, es que a la Iglesia institucional se la siente más lejana o
ausente que nunca. Se comprende, pues ninguna institución social estaba
preparada para esta situación, local y planetaria, inédita, pero en el caso de
la Iglesia católica, su desubicación social y cultural se vuelve mucho más
evidente. Con contadísimas excepciones, la Iglesia católica ha acatado con
civismo y responsabilidad las directrices administrativas sobre el
confinamiento –no podía ser de otra forma–, pero creo que, en general, se
revela incapaz de hacerse próxima y samaritana en esta situación, de mostrarse
accesible, cercana, presente de otra manera, de ponerse guantes y mascarillas y
ofrecer sus casas y sus medios materiales o personales al servicio de los más
vulnerables, o de pronunciar al menos una palabra humana, comprensible, de
consuelo y de aliento tan necesarios.
¿Por qué no ha conseguido como institución
visibilizar bien su lucha contra la pandemia y no ha podido ni ha intentado
romper el techo de cristal de los grandes medios, especialmente las
televisiones?
La pandemia ha puesto aún más de manifiesto que la institución eclesial
sigue anclada en lenguajes, ideas, imágenes del pasado. Las eucaristías
televisadas en iglesias desangeladas me parecen rituales de otro mundo. Cuando
los Estados están recurriendo a la geolocalización para el control de los
contagios –con el riesgo de que el control acabe siendo tan peligroso como el
contagio del virus–, cuando los científicos recurren a la inteligencia
artificial para buscar la vacuna del Covid-19 –sometiéndose casi a la fuerza a
los intereses de grandes farmacéuticas en una loca carrera por ganar, origen de
todos los males–, cuando el mundo entero está en vilo ante un futuro que puede
ser mucho mejor o mucho peor que el que nos ha traído hasta aquí…, los obispos
siguen animando a rezar a Dios por el fin de esta pandemia (que alguna vez
acabará) y muchos teólogos siguen dando vueltas al dilema de Epicuro (s. IV
a.C): si Dios puede y no quiere o quiere y no puede evitarnos estos
sufrimientos… Mientras siga imaginando a Dios como Ente Supremo personal a
imagen humana, la Iglesia seguirá confinada, cada vez más lejos de esta
sociedad, de sus angustias y alegrías.
¿Cree usted que la Iglesia institucional va a
formar parte del nuevo contrato social que parece estarse tejiendo?
Serán indispensables para ello dos condiciones. En primer lugar: que ponga
la defensa efectiva de los pobres de toda la Tierra, como lo hace el papa
Francisco, por encima de todo dogma, rito y norma moral, asuma un paradigma
cultural, político y teológico integralmente ecológico y feminista, y acepte
radicalmente el principio de la laicidad tanto en el orden socio-político como
espiritual. Y en segundo lugar: que esté dispuesta a llevar a cabo una
relectura de la Biblia y de toda la tradición teológica, más allá de toda letra
y de todo significado, una reinterpretación a fondo de todos sus dogmas y
categorías, y una reforma absoluta del modelo clerical de Iglesia. De otro
modo, la Iglesia institucional no será levadura, testigo, compañera de camino
simplemente, y comensal en Emaús… Sin eso, la Iglesia seguirá haciéndose cada vez
más extraña y ajena a esta sociedad, hasta disolverse del todo.
¿La crisis del coronavirus está haciendo aflorar el lado religioso de
mucha gente, hasta ahora escondido o tapado? ¿Los indiferentes religiosos
volverán al catolicismo o se irán definitivamente en busca de nuevas
espiritualidades?
Parece claro que el coronavirus hace que sintamos en carne viva nuestra
fragilidad y vulnerabilidad, nuestra finitud, nuestra muerte. De pronto, la
humanidad, empezando por las mayores potencias, se encuentra confinada,
confrontada con sus miedos, su soledad, su muerte y la muerte de las personas
queridas, en estado de duelo planetario como nunca se había conocido.
Pero creo que sería un gran error pensar que ello vaya a significar el
reforzamiento de las religiones tradicionales y, en concreto, de la Iglesia
católica. Es muy posible que mucha gente redescubra la profunda necesidad de
mirarse más a fondo a sí misma, a la naturaleza que somos, al cielo estrellado,
de sumergirse en el Misterio de lo que es, de reconciliarse con sus heridas
profundas, de reconocer la necesidad de cuidado y de ternura, de reinventar la
economía y la política, de recuperar la paz, el respiro, el aliento a nivel
personal y estructural, a nivel económico, político, planetario, de volver a
sentir que todos somos uno y que solo juntos podremos salvarnos. Es muy posible
que esta pandemia lleve a mucha gente a redescubrir la necesidad de la
“espiritualidad” como hondura de la vida y de todo lo real, pero no creo que,
al menos la inmensa mayoría, la vuelvan a encontrar en las instituciones
religiosas tradicionales con sus dogmas, ritos y códigos.
¿El miedo a la muerte que ha recorrido el cuerpo social ha encontrado en
la Iglesia sentido, consuelo y esperanza? Sin posibilidad de realizar
funerales, ¿ha perdido la Iglesia el último rito de paso que le quedaba?
Espero que la situación actual sea un paréntesis y que podamos volver a
despedir a nuestros muertos de manera presencial y colectiva, sea en una forma
religiosa o laica. Espero que vuelvan los funerales religiosos, pero me
gustaría que, después del coronavirus, cambie su lenguaje y su marco arcaico, y
en ellas se dé cabida a las demandas y propuestas (textos, gestos, palabra) de
las familias “no creyentes”, de modo que las alejadas y alejados de la iglesia
puedan sentirse cómodos en ellas, reciban real consuelo, y la frontera misma
entre “liturgia” (“acción del pueblo”) religiosa y laica vaya diluyéndose.
¿Se ha
consagrado Internet (otrora demonizado por muchos clérigos) como un gran medio
de humanización y de evangelización?
¡Gracias a Internet! Sin él, la pandemia sin Internet hubiese sido una
catástrofe familiar, social, económica… mucho mayor para todos. Sin él, también
las instituciones religiosas se hubiesen resentido mucho más. Pero, a la vez,
el coronavirus debería ser una ocasión para pararnos a pensar pausadamente
sobre cómo utilizar Internet mucho más sabiamente, una ocasión para medir los
riesgos de pasarnos el día pegados a una pantalla o la amenaza de un control
dictatorial de nuestras vidas por parte de los Estados y de los grandes poderes
inhumanos. Lo mismo vale para las instituciones religiosas: muchos obispos
utilizan masivamente las nuevas tecnologías para difundir el mismo mensaje “de
siempre”, medieval, incomprensible. Cuanto más se difunde, más negativo es su
efecto, más crece la distancia entre el Evangelio y la cultura, más descuida la
Iglesia su misión profética en el mundo de hoy. Es la hora de un gran
discernimiento por parte de la Iglesia institucional.
¿Cómo será la Iglesia del postcoronavirus? ¿Qué características tendrá?
¿Hacia qué líneas de fondo apuntará? ¿Afectará a las reformas del Papa
Francisco?
El coronavirus nos ha demostrado, una vez más, que el futuro es
imprevisible, y constituye una clara invitación a la cautela también en lo que
respecta al futuro concreto de la Iglesia. En cualquier caso, esta pandemia
podría constituir un signo de los tiempos que llama a la Iglesia a dar un salto
adelante histórico en una doble línea estrechamente relacionada: una llamada,
en primer lugar, a convertirse personal e institucionalmente en Iglesia de los
pobres y para los pobres, dando prioridad absoluta a la bienaventuranza y la
liberación de los pobres respecto de la doctrina; una llamada, en segundo
lugar, a reinventar radicalmente otro modelo no clerical-jerárquico-masculino
de Iglesia y, al mismo tiempo, a renovar a fondo (no solo en lenguajes y formas
superficiales) toda la teología (creencias, ritos, normas…).
"Muchos obispos utilizan masivamente las
nuevas tecnologías para difundir el mismo mensaje 'de siempre', medieval,
incomprensible. Cuanto más se difunde, más negativo es su efecto, más crece la
distancia entre el Evangelio y la cultura de hoy"
Lo más probable, me parece, es que la Iglesia sea incapaz de responder a
este doble y único desafío, y que, en consecuencia, la distancia entre la
Iglesia y el mundo de hoy se acreciente y la crisis de la Iglesia se acentúe.
El Papa Francisco está siendo un profeta mundial de una Iglesia pobre y para
los pobres, pero su teología sigue siendo muy tradicional. Mientras persista
ese desajuste, la reforma necesaria de la Iglesia me parece imposible.
¿Podrá seguir manteniendo su actual estructura económica, territorial y
funcional?
La drástica reducción numérica de los “fieles” (que creo que acabará
extendiéndose a nivel planetario) por un lado, y, por otro, la globalización de
Internet exigen, efectivamente, que se repiense todo el funcionamiento y la
organización de la Iglesia católica (parroquias, diócesis, Vaticano, distinción
entre clérigos-laicos, exclusión de la mujer, sacramentos…). La pesadísima
maquinaria clerical, vertical y centralizada es insostenible. Pero no se trata
tanto de “formas de organización”, sino de modelo de reli
¿La pandemia ha despertado en el laicado la conciencia de su ser 'pueblo
sacerdotal' y, por tanto, la exigencia de asumir ministerios ordenados?
Esa conciencia viene de mucho antes, pero es verdad que la pandemia y el
confinamiento la agudizan. Y no se trata de que los “laicos” asuman
“ministerios ordenados”, sino de superar la distinción entre laicos y clérigos
(distinción creada por los clérigos) y, por lo tanto, entre “ministerios
ordenados” y “ministerios no ordenados”, como si los primeros emanasen de
“Cristo” a través de su representante sagrado (el obispo) y los segundos fuesen
“mera delegación de la comunidad”. Ese esquema ya no tiene sentido. ¿Lo
aprenderemos en el confinamiento? ¿Nos tendrá que enseñar esta nueva teología
un coronavirus?
¿Habrá que revisar la actual praxis sacramental, especialmente de la
eucaristía y de la penitencia?
¿Cómo entender que no podamos celebrar la memoria sacramental de Jesús
porque no podamos ir a una iglesia o porque un “sacerdote ordenado” no pueda
venir a casa? ¿Cómo seguir manteniendo que no hay “sacramento eucarístico” (que
significa dar gracias por la vida) si no hay “transustanciación” del pan y del
vino o de lo que sea en “cuerpo de Cristo”? ¿Pues qué son el pan y el vino y
todo lo que es sino cuerpo de Cristo, si es que sabemos mirarlos con ojos de
evangelio? ¿Y cómo entender que no somos perdonados si un sacerdote
canónicamente ordenado no nos absuelve? ¿Qué es el pecado sino el daño que nos
hacemos, y cómo curarlo sino derramando un poco de ungüento los unos sobre los
otros, confinados en casa o en la calle o en las instituciones políticas y en
las leyes del mercado que habrá que revisar cuando pase esta pandemia, si no
queremos que otra pandemia mucho peor acabe con todos? ¿Qué es el perdón sino
seguir cuidando la vida confiando en el otro? ¿No deben ser nuestra palabra,
nuestra mirada y nuestros gestos cotidianos verdadero sacramento del perdón
mutuo “setenta veces siete” cada día?
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