Cuando la verdad nos hace libres
"La Iglesia no puede ser creíble si no está dispuesta a dejarse purificar por el mismo Evangelio. La verdad puede ser dolorosa, pero solo la verdad libera. Reconocer los errores no debilita a la comunidad; la hace más honesta"
Ahora bien, sería un error pensar que el problema se reduce únicamente a los abusos sexuales. En su origen encontramos, con frecuencia, una deformación más profunda: el abuso de poder. Cuando la autoridad deja de vivirse como un servicio y se convierte en un privilegio; cuando el ministerio se identifica con la superioridad; cuando se confunde la obediencia con la sumisión ciega o el respeto con la falta de transparencia, se abre un terreno peligroso. Jesús advirtió claramente a sus discípulos que entre ellos no debía ser así: «Quien quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos» (Mc 10,44).
La Iglesia no puede ser creíble si no está dispuesta a dejarse purificar por el mismo Evangelio. La verdad puede ser dolorosa, pero solo la verdad libera. Reconocer los errores no debilita a la comunidad; la hace más honesta. Pedir perdón no es una estrategia de comunicación; es una exigencia de la conversión cristiana. Y establecer mecanismos de prevención, transparencia y rendición de cuentas no es desconfiar de las personas, sino amarlas lo suficiente como para protegerlas. También conviene evitar otro extremo: identificar a toda la Iglesia con los crímenes de algunos de sus miembros. Miles de sacerdotes, religiosos y laicos viven cada día una entrega generosa, discreta y fiel. Su dedicación no borra el mal cometido, pero tampoco el mal cometido anula el bien que tantas personas realizan en nombre de Cristo. La justicia exige distinguir sin confundir.
Este es, probablemente, uno de los grandes retos de nuestro tiempo: aprender que la fidelidad a la Iglesia no consiste en negar sus heridas, sino en ayudar a que cicatricen. El peor enemigo de la comunión no es la verdad, sino su ocultación. Solo una Iglesia humilde, capaz de escuchar, de rectificar y de poner siempre a la persona en el centro, podrá ser un signo creíble del amor de Dios. El Evangelio no nos promete una comunidad perfecta. Sí nos invita, en cambio, a ser una comunidad que no tiene miedo de la luz. Porque solo aquello que se pone ante la luz puede ser sanado. Y solo una Iglesia que se atreve a mirar de frente sus heridas podrá seguir anunciando con esperanza que Dios hace nuevas todas las cosas.
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