sábado, 15 de febrero de 2014

LO MEJOR DE LA SEMANA, según JUAN CEJUDO, desde España,-( I )

 
Enviado a la página web de Redes Cristianas
(Respuestas al cuestionario propuesto por RELIGIÓN DIGITAL con ocasión del aniversario de la renuncia de Benedicto XVI, el 11 de febrero)
1/ ¿Qué sintió y pensó, cuando, hace un año, Benedicto XVI hizo pública su renuncia?
Fue una (relativa) sorpresa, y más que nada me provocó incertidumbre. Incertidumbre acerca de los motivos verdaderos de la renuncia y sobre las consecuencias eclesiales que pudieran derivarse de ella.  Como tantas otras grandes instituciones, y más que ninguna otra, el Vaticano es un sistema opaco (y, por lo poco que estamos viendo, más turbio de lo que podíamos imaginar). Esa opacidad me molesta, porque nos condena a hacer cábalas y conjeturas, o a fiarnos demasiado de sedicentes especialistas en intríngulis vaticanos. Malas prácticas institucionales para una Iglesia que Jesús quiso luz y sal. No se ha de poner la lámpara bajo el celemín.   A medida que pasaban los días, a la desazón y la incertidumbre se añadió un cierto hastió del entusiasmo y del panegírico generalizado de Benedicto XVI y de su gesto de renuncia, e incluso de su pontificado entero. Los medios dependen
demasiado de los titulares y nosotros de los titulares, en detrimento de la reflexión.
En mí brotaban sobre todo preguntas: ¿Ha sido un gesto de humildad, o más bien de impotencia? ¿De valentía o más bien de rendición? ¿De coraje o más bien de huída?Así pues, mi reacción ante la renuncia y todo lo que siguió no fue muy positiva. Predominaba en mí el escepticismo, y siguió predominando hasta meses más tarde. Reconozco que, un año después, valoro más el gesto de Benedicto XVI y, sobre todo, lo que luego ha seguido.
2/ ¿Cómo calificaría esa decisión del Papa Ratzinger?  Hoy diría que fue fundamentalmente una decisión honrada de un hombre limpio y sin fuerzas para hacer frente a los poderes fácticos, los “lobos” del Vaticano, en expresión de L’Osservatore Romano (con perdón de los lobos, que son incapaces de hacer tanto daño como nosotros).
Dicho eso, creo que fue también una opción ambigua, muy ambigua. No pongo en duda su humildad, rectitud y buena voluntad, ni niego que fuera una decisión valiente, pero creo que tuvo de debilidad lo que tuvo de humildad, y tuvo de dejación lo que tuvo de valentía. Se preguntará: ¿qué otra cosa podía hacer él si no tenía la fuerza y la valentía necesarias para llevar a cabo su programa de depuración de la corrupción vaticana (pederastia y finanzas)? Renunciar para que otros realizaran lo que él no podía ¿no fue lo mejor que pudo hacer? Así es seguramente, pero eso pone de manifiesto la radical ambigüedad e incluso contradicción de este sistema de papado absolutista. Y Benedicto XVI se fue sin plantear ni abordar este problema en su raíz. Se fue dejando intacto el sistema que le llevó a su callejón sin salida.
Además, su decisión de renunciar dejó en evidencia la obstinación –perversa o santa– con que Juan Pablo II, absolutamente incapacitado en sus últimos años para cualquier tipo de gobierno, se aferró a su cátedra o a su trono, a su misión o a su ambición. No interesa en este lugar discutir si fue despotismo o martirio. Lo que está claro es que la decisión de Benedicto XVI constituyó una desautorización frontal de la de Juan Pablo II.
Por último, y como he sugerido más arriba, quiero señalar que la renuncia de Benedicto XVI descubre la contradicción inherente al sistema actual del papado, proveniente del sigo XI (Dictatus Papae de Gregorio VII: año 1087) y reforzado en el siglo XIX (en el Vaticano I, con Pío IX, en el año 1870: dogmas de la infalibilidad y primado absoluto del papa sobre todas las Iglesias). Siempre ha sido así, pero con el papa Ratzinger quedó más a la vista: un papa con poder absoluto carece de poder, y tiene que renunciar porque no puede.
Si un presidente de Gobierno dimite, lo hace porque no tiene más poder que el conferido por su partido, el parlamento y, en definitiva, el pueblo; cuando no quiere o no puede aplicar su programa de gobierno, es lógico que devuelva el poder a quien se lo dio. Pero Benedicto XVI que, según la convicción teológica de Joseph Ratzinger, poseía el poder absoluto conferido por Dios, ¿a quién se lo devolvió al renunciar? A unos cardenales elegidos por él para que elijan otro papa en nombre de Dios. Pero es muy posible que con el siguiente papa nos veamos abocados al mismo callejón sin salida, inherente al papado. Este sistema es no sólo anacrónico, y no sólo va directamente contra el evangelio de Jesús, sino que además hace agua por todos los lados. Es insostenible.
3/ ¿Qué supuso, a su juicio, para la Iglesia y para el mundo?
Está por ver hasta dónde nos llevará, pero hay que reconocer que la renuncia de Benedicto XVI permitió abrir un nuevo camino. Un camino insospechado y prometedor. Saludé con entusiasmo la elección del papa Francisco, síntesis lograda de Francisco de Asís y de Ignacio de Loyola, y al mismo tiempo me mostré cauto e incluso abiertamente escéptico. Hoy reconozco con mucho gusto que fui demasiado negativo: el tono y el enfoque de su mensaje son radicalmente diferentes a lo que habíamos visto en los dos últimos papas. No importa la ortodoxia, nos dice, sino la misericordia. No sirve la salvaguarda de la doctrina, sino la revolución de la ternura. La Iglesia no es aduana, sino puesto de socorro para todos los heridos. No hay nada que añadir. Y de pronto, la inmensa mayoría, cristianos o no, ha vuelto a mirar al obispo de Roma con simpatía y esperanza. Todo el mundo lo quiere, dentro y fuera de la Iglesia, salvo la ultraderecha de dentro y de fuera.
Ante este panorama tan imprevisto, muchos dicen: todo el mérito de esta evolución es de Benedicto XVI y de su renuncia. Yo vuelvo a mis dudas. Se resumen básicamente en dos.
Mi mayor duda es hasta qué punto podrá ser irreversible el nuevo, esperanzador, camino abierto por el papa Francisco. Ello requeriría: 1) Que la teología de este papa sea realmente nueva, acorde con el paradigma cultural de hoy; el enfoque de sus palabras, la primacía absoluta de la misericordia, me parece fantástico; en cuanto a sus ideas teológicas, no lo veo tan claro, pero tampoco importaría mucho, siempre que se mantenga la prioridad absoluta de la misericordia sobre el dogma. 2) Que el siguiente papa, o los siguientes, no vayan a deshacer lo que éste haga, como Juan Pablo II y Benedicto XVI desanduvieron el camino nuevo abierto por el Vaticano II. Y vuelve aquí a plantearse el quid de la cuestión: el poder absoluto del papa.
Si el papa Francisco no lo limita radicalmente y si no establece unas bases de organización democrática para toda la Iglesia católica (por ejemplo: separación de poderes, nombramiento de los obispos por las comunidades locales, regulación democrática del Derecho Canónico…), todo podrá volver a ser como era. Y sería una pena. En realidad, creo que significaría el desplome definitivo de la Iglesia institucional. La reforma de la Curia, de las finanzas, y las medidas contra la pederastia son necesarias, pero no bastarán.
Esa es la duda y la cuestión principal. La otra duda se refiere al mérito de Benedicto XVI en la elección y en la reforma en marcha del papa Francisco. ¿Quiso realmente Benedicto XVI que su renuncia diera paso en la Iglesia católica a esto que está sucediendo y que tanto nos alegra? ¿No fue él, más que ningún otro, quien, primero como Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y luego como papa, tomó e hizo tomar las medidas para desandar los pasos dados o el camino abierto por el Vaticano II, el que condenó casi todo lo que hay en el mundo de hoy salvo el capital financiero, ahondó la sima entre la Iglesia y la cultura, condenó a teólogos e impuso obispos reaccionarios? Y todo eso debido al poder absoluto del papa, y a pesar de ser él una persona llena de finura y humildad. El papado es el problema mayor, más allá de la persona.
En cualquier caso, me atrevería a decir que lo mejor del pontificado de Benedicto XVI fue su renuncia, pues hizo posible que en la Iglesia se pueda respirar de nuevo. ¡Ojalá Francisco lleve esta reforma hasta el fin, y deje la Iglesia de ser una institución medieval basada en el poder absoluto sacralizado, abandone la pretensión de poseer la verdad y el bien absolutos, y sea como aquel buen samaritano que no pidió cuentas al herido ni le quiso enseñar nada, sino que alivió sus heridas derramando aceite y vino!
José Arregi
(Publicado en RELIGIÓN DIGITAL)
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