viernes, 3 de julio de 2015

EDITORIAL sobre ENTREGA d TABLET a JUBILADOS



Editorial de Emiliano Cotelo sobre el Plan Ibirapitá
 El viernes pasado, 19 de junio, el Poder Ejecutivo entregó las primeras mil tablets de las 350.000 que el Plan Ibirapitá prevé distribuir entre aquellos pasivos que ganen hasta $ 24.400 por mes.
Se puso en marcha de esa manera una medida que Tabaré Vázquez había anunciado en la noche del 1º de junio del año pasado, cuando ganó las elecciones internas y quedó confirmado como el candidato único del Frente Amplio a la Presidencia de la República.

Según explicó Vázquez, su planteo, algo así como la otra punta del Plan Ceibal, procura “garantizar la inclusión y la equidad” del sector de la tercera edad que tiene menores recursos.
La idea sorprendió y generó mucha conversación. Dio para todo tipo de bromas y chistes en las Redes Sociales y también propició la polémica política: las críticas llegaron desde la oposición, sí, pero también desde algunos sectores del oficialismo que la observaron con recelo. Hubo quienes hablaron de demagogia. Y otros, incluyendo organizaciones de jubilados y pensionistas, cuestionaron el gasto, porque alegaron que la prioridad debe ser el aumento real del valor de las pasividades.
Yo analicé con cuidado todos los argumentos. Y estoy convencido de que el Plan Ibirapitá vale la pena. Por las razones que ha manejado el gobierno y por algunas otras que quiero comentar.
Veamos.
En primer lugar, porque el Estado se ocupa de un sector postergado y con dificultades importantes. Segundo, porque no lo hace por el camino tradicional y obvio del incremento de la mensualidad (que, por otra parte, se ha ido dando en estos años). Si el costo de una tablet se volcara a una mejora de la jubilación o la pensión, el ajuste sería mínimo, de impacto reducido. Las ventajas de este dispositivo son mucho más significativas que esos pocos pesos.
¿Cuáles son esas ventajas?
Para empezar, la “inclusión” de la que hablaba Vázquez. En Uruguay, entre los mayores de 65 años sólo el 44% accede a una computadora; y por supuesto que esa proporción baja si consideramos a los veteranos de ingresos más bajos. Como se ha destacado, estas personas con su tableta (y la conexión gratuita a internet, en caso de que no la tengan por sí mismos) podrán acceder a una comunicación amplísima, que les permitirá manejar aplicaciones sobre su propia salud, trámites en organismos públicos, diarios, radios, televisión, mapas, música, libros, películas, etc. Además por esa vía podrán hablar y/o hacer videoconferencias con familiares y amigos, de acá y del exterior. Todo esto me parece fundamental. A una edad en la que muchos uruguayos tienden a ir quedándose solos o metiéndose para adentro, se les habilita una herramienta que, por el contrario, les abre decenas de ventanas, al mundo, al país, a sus seres queridos.
Pero también me resulta interesante que la entrega de la tableta “obligue” a estas personas a esforzarse y aprender. Aquellos que no manejen la computación, si quieren aprovechar el potencial de la tablet, deben disponerse a entender sus reglas básicas, practicarlas y asimilarlas. Este desafío también luce muy saludable, para enfrentar la inercia y la tendencia a cruzarse de brazos que, sin duda, puede apoderarse de muchos ancianos, según su personalidad y según como les haya ido en la vida.
Por último, quiero detenerme en otro aspecto. Para ese aprendizaje muchos de estos pasivos deberán pasar por los cursos y el asesoramiento que ofrecerá el Plan Ceibal. Pero otros –también muchos- contarán con la ayuda de sus nietos, que seguramente son casi expertos en estas tecnologías. Que se termine dando ese intercambio abuelo-nieto, donde el niño o adolescente oficia de maestro, es de las consecuencias más potentes que puede terminar teniendo este plan. Lo digo porque vivimos en una época en la que no siempre es sencillo el diálogo entre esas dos generaciones, en la que muchos jóvenes se desentienden de sus mayores y éstos, a su vez, no encuentran las claves para atraerlos al diálogo. Este pretexto de la tablet puede resultar muy fructífero y derivar hacia otras posibilidades de enriquecimiento de esa relación dentro de la familia.
Y en cuanto a los jubilados que deban recurrir a cursos, me llamó mucho la atención este detalle que leí el sábado en El Observador: “Tanto la ANEP (Administración Nacional de Educación Pública) como los colegios privados se pusieron a disposición para celebrar convenios que permitan a sus docentes y alumnos ayudar a los ancianos a usar las tabletas”. Que estos veteranos convertidos en estudiantes de informática dejen algunas veces por semana las casas o los residenciales donde viven –generalmente aburridos y sin rumbo- para visitar escuelas o colegios cercanos a efectos de recibir allí un entrenamiento a cargo de los más chicos puede ser otro sacudón muy provechoso precipitado por el Plan Ibirapitá. Provechoso para los viejos, para los jovencitos, para los docentes y para las instituciones de enseñanza.
Es más: Yo tengo la esperanza de que esa experiencia dé lugar a otras. Por ejemplo, que termine ocurriendo una especie de “canje”: que a cambio de lo que le enseñan, el jubilado ofrezca dar (a los chicos o a los docentes) charlas o talleres de algún tema que domine, o que se integre a una comisión que se ocupa del mantenimiento del local… o que les cuente a los niños y a sus docentes que en la casa de salud donde él vive hay una señora que no puede trasladarse pero que fue profesora de guitarra durante toda su vida y a quien le encantaría recibir botijas para seguir enseñando.
Por razones que no vienen al caso en los últimos años he conocido muy de cerca el mundo de los residenciales de ancianos y sus habitantes. Es cierto, algunas de estas personas están muy enfermas. Pero otras tienen mucho para dar todavía y, sin embargo, pasan sus días encerradas y casi aisladas.
Para mí es fundamental que la sociedad aproveche el conocimiento acumulado por los más viejos y que los viejos sientan que son útiles y pueden aportar a la sociedad. Yo sé que ha habido y hay algunos esfuerzos en esa dirección. Pero este es un terreno en el que todavía hay mucho para seguir trabajando, creando y emprendiendo.
Ojalá el Plan Ibirapitá haga también una contribución en esta dirección.







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