martes, 24 de abril de 2018

HACE UNOS DIAS CIRCULA EN LAS REDES EL TEMA IDIOLOGÍA DE GENÉRO, DAMOS OTRA VISIÓN A CARGO DE LA TEOLOGA IVONE GEBARA, disertante en Montevideo la semana pasada.


Texto tomado del libro Condimentos feministas a la teología de la teóloga brasileña Ivone Gebara (Montevideo: Doble clic, 2018, pp.27-34)


En medio de la violencia de varios tipos, muchas autoridades de iglesias, políticos, religiosos y algunos medios de comunicación reducen las reivindicaciones feministas a un modismo superficial, a un deseo de criticar los poderes establecidos, a una especie de antihumanismo, de antifamilia, de antiorden/desorden establecido.
Existe una crítica de mala fe en relación con los instrumentos analíticos feministas que encontramos para entender las razones sociales de nuestra opresión. Por ejemplo, en la presentación del documento La ideología de género:
sus peligros y alcances[1], el obispo auxiliar de Lima, monseñor Oscar Alzamora, escribe sobre las personas adeptas a una reflexión a partir de la mediación de género. Ellas, para él, parecen negar la existencia de una naturaleza humana preestablecida. Dice que estas personas:
“Quieren rebelarse contra esto y dejar a la libertad de cada cual el tipo de ‘género’ al que quieren pertenecer, todos igualmente válidos. Esto hace que hombres y mujeres heterosexuales, los homosexuales y las lesbianas, y los bisexuales sean simplemente modos de comportamiento sexual producto de la elección de cada persona, libertad que todos los demás deben respetar”.
No se necesita mucha reflexión para darse cuenta de lo revolucionaria que es la posición feminista, y de las consecuencias que tiene la negación de que haya una naturaleza dada a cada uno de los seres humanos por su capital genético. Se diluye la diferencia entre los sexos como algo convencionalmente atribuido por la sociedad, y cada uno puede “inventarse” a sí mismo.
El texto de monseñor Alzamora es inequívoco en la claridad con que defiende filosofías metafísicas del pasado, esencialismos como revelaciones divinas y las utiliza para combatir la novedad traída por las mujeres.
Más recientemente, el papa Francisco, a pesar de sus posiciones sociales y políticas a favor de los derechos humanos, habló contra el feminismo y calificó de “ideología” a la cuestión de género. Por ejemplo, en los parágrafos 54 a 56 de la exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia, de abril de 2016, el Papa reflexiona especialmente sobre “la mujer” y la “ideología de género”. El parágrafo 54 comienza afirmando los derechos de “la mujer” y la importancia de su participación en el espacio público. No es la primera vez que el Papa aborda esa cuestión, pero la impresión que se tiene es que, de hecho, él no está preparado para enfrentarla por diferentes razones, tal vez ligadas al tipo de filosofía dualista que sustenta la teología católica. A primera vista, tal afirmación podría ser hasta loable, pero se nota inmediatamente cómo el parágrafo se organiza a partir de la abstracción “mujer” como si la multiplicidad de rostros de mujeres se tornase un problema. De hecho, hablar de mujeres, en plural, como sugiere el “temido feminismo” es un obstáculo para el pensamiento abstracto y monolítico de la jerarquía católica. Al hablar de “derechos”, la “exhortación” parece eximir al cristianismo católico romano de la responsabilidad de haber mantenido a las mujeres como inferiores a los hombres hasta el día de hoy, a través de su teología. Y aún más, parece ocultar hasta qué punto las variadas reivindicaciones de grupos de mujeres en muchas partes del mundo revelan la complicidad de la jerarquía católica en el mantenimiento de la falta de derechos de las mujeres y de políticas retrógradas. Tal complicidad es reforzada cuando en el mismo parágrafo se habla sobre “las formas de feminismo que no podemos considerar adecuadas”. Sin embargo, no aclara en cuanto a las formas de feminismo que eventualmente podrían parecer adecuadas. La exhortación ignora una vez más el esfuerzo histórico mundial de diferentes grupos de mujeres en la conquista de derechos y del respeto a su dignidad en las diversas instancias sociales, políticas y culturales. Ignora u omite las luchas históricas como las del sufragio universal, que continúan presentes en la actualidad en muchos países, y las luchas contra diferentes tipos de violencia, violaciones y crímenes cotidianos contra las mujeres.
En el parágrafo 56, aparece la crucial cuestión de género solo como un desafío a ser considerado. Según afirma el texto, la “ideología de género […] niega la diferencia y la reciprocidad natural del hombre y la mujer. Prevé una sociedad sin diferencia de sexo y vacía el fundamento antropológico de la familia”.
¿Qué se entiende por “reciprocidad natural”? Lo que conocemos, de hecho, es la no reciprocidad natural. Sin embargo, sí conocemos algo de la reciprocidad histórica siempre sujeta a nuestras iniciativas y a nuestros límites. Esta es una adquisición ardua de algunos grupos que reconocen los derechos de sus semejantes y procuran afirmarlos en las relaciones sociales, culturales y familiares. Más allá de eso, al criticar la “ideología de género”, el texto del papa Francisco habla de previsión de una sociedad sin diferencia de sexo… ¿Qué sería la previsión de una sociedad sin diferencia de sexo? ¿Qué es lo que los redactores o el redactor de la exhortación entienden por eso? Se percibe la confusión y la falta absoluta de claridad que este parágrafo provoca en cualquier lector/a crítico/a. Justamente, la llamada teoría de género, y no “ideología de género”, con todos los límites admitidos por las teóricas feministas, es una afirmación contra el absolutismo de una cultura que niega la diferencia y nos hace entrar y someternos al mundo de las normas “masculinas” preestablecidas como si fueran “naturaleza” u “orden divino”. Nos hace entrar en modelos de comportamiento y en predefiniciones de contenidos identitarios, culpabilizándonos si no correspondemos a ellos.
La noción de “naturaleza” propuesta por el documento y asumida por el Papa parece sustentar una especie de ser humano natural ya hecho, nacido directamente de las manos de Dios y, probablemente, a imagen de como los padres sinodales lo conciben. Se trata de una creencia materialista fijista ordinaria, proveniente de un Dios antropomorfizado, que los lleva a afirmar en el mismo parágrafo 56 que la ideología de género no permite “… custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada”. ¿Qué significan estas afirmaciones? ¿Serán acaso la negación de la evolución de la vida o de la evolución humana?
Conceptos como teoría e ideología, natural y antinatural, construcciones culturales, reglas y códigos simbólicos, identidades plurales no son reflexionados en la exhortación y en las iglesias a partir de nuestra contemporaneidad. Las identidades fijas biológicamente aparecen como siendo obra de la creación divina de la cual no podemos huir. Esto parece querer proporcionar una base sólida de “verdad” y responder a las inseguridades del mundo de hoy.
Se percibe en la “exhortación” una antropología que determina qué es el hombre y qué es la mujer, sustentada por la jerarquía de género y por la heterosexualidad muchas veces convertida en “naturaleza”. Somos entonces invitados e invitadas a ser comprensivos y tolerantes con los “diferentes”, ayudarlos en sus necesidades y hasta comprender sus límites. Hay una superioridad de algunos humanos, que se delinea en esa tolerancia a quienes son diferentes del orden establecido. Se olvida que, en el fondo, solo conocemos las diferencias, la diversidad… Solo existimos como vida diversificada e interdependiente… La unidad es en realidad una construcción simbólica que nos organiza, pero no existe como entidad real.
Otro texto, en esa misma línea, es el de la conversación del papa Francisco con la Unión Internacional de Superioras Generales (uisg), en la audiencia del 12 de mayo de 2016[2]. El diálogo revela, por un lado, la perspicacia de las preguntas de las religiosas participantes y, por otro, cierta inseguridad del Papa en relación con las mujeres.
“Pregunta: Papa Francisco, usted ha dicho que ‘el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida de la Iglesia y de la sociedad’, sin embargo a las mujeres se las excluye de los procesos de toma de decisiones en la Iglesia, sobre todo en los más altos niveles, y de la predicación en la Eucaristía.
Respuesta: Es verdad que a las mujeres se las excluye de los procesos en los que se toman decisiones en la Iglesia: excluidas no, pero es muy débil la inserción de las mujeres allí, en los procesos durante los cuales se toman decisiones. Tenemos que seguir adelante”.
El Papa continúa:
“Está además la cuestión de la predicación en la celebración eucarística. No existe problema alguno para que una mujer —una religiosa o una laica— haga la predicación en una Liturgia de la Palabra. No existe problema. Pero en la celebración eucarística hay una cuestión litúrgico-dogmática, porque la celebración es una —la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística son una unidad— y quien la preside es Jesucristo. […] Es una realidad teológico-litúrgica. En esa situación, al no existir la ordenación de las mujeres, no pueden presidir. […] Hay dos tentaciones aquí, de las cuales debemos tener cuidado. La primera es el feminismo: el papel de la mujer en la Iglesia no es feminismo, ¡es un derecho! Es un derecho de bautizada con los carismas y los dones que el Espíritu ha dado. No hay que caer en el feminismo, porque esto reduciría la importancia de una mujer. […]
la mujer ve las cosas con una originalidad distinta de la de los hombres, y esto enriquece: tanto en la consultación, en las decisiones, como en la realidad concreta.
Estos trabajos que vosotras hacéis con los pobres, los marginados, enseñar la catequesis, asistir a los enfermos y los moribundos, son trabajos muy ‘maternales’, donde la maternidad de la Iglesia se puede expresar mejor. Pero hay hombres que hacen lo mismo, y bien: consagrados, órdenes hospitalarias Y esto es importante.
Por lo tanto, sobre el diaconado, sí, acepto y me parece útil una comisión que aclare bien esto, sobre todo respecto a los primeros tiempos de la Iglesia”.
Y para completar las reflexiones defensivas de una postura tradicionalista, el Papa agrega:
“… Cuando digo esto quiero haceros reflexionar sobre el hecho de que ‘la’ Iglesia es femenina; la Iglesia es mujer: no es ‘el’ Iglesia, es ‘la’ Iglesia. Pero es una mujer casada con Jesucristo, tiene a su Esposo, que es Jesucristo. Y cuando se elige a un obispo para una diócesis, el obispo —en nombre de Cristo— se casa con esa Iglesia particular”.
Los eminentes señores, autoridades de las iglesias, están absolutamente convencidos de sus teorías y no conceden ni a las ciencias sociales ni a las antropologías contemporáneas el menor aprecio en relación con sus investigaciones sobre los seres humanos y su evolución. Desvalorizan sus esfuerzos e imponen una visión retrógrada del mundo, como si la ciencia aprobada por “su Dios” fuera inmutable.
La vuelta a las concepciones tradicionales, como verdades de las cuales no podemos separarnos, nos invade, juzga y oprime. ¿Cómo situarnos en el cristianismo siendo feministas? ¿Cómo releer la experiencia de Jesús y de sus contemporáneas a partir de nuevas perspectivas? ¿Cómo no dejar morir valores del pasado que continúan siendo significativos también en la nueva construcción del presente? ¿La salida sería fracturar aún más el cristianismo y crear nuevos espacios de sentido? La búsqueda de caminos sigue adelante…
Vivimos el malestar en la religión cuando algunos líderes de instituciones religiosas y aun muchos eminentes intelectuales y miles de personas comunes violan nuestro derecho a proponer nuevos caminos y reivindicaciones. Encendemos nuevas lámparas para intentar tal vez encontrar a Dios u otro sentido de la vida, para comprender de otro modo los valores que nos sustentan y para buscarnos a nosotras mismas en aquello que descubrimos y no solo en lo que dicen de nosotras. Esto lo hemos recibido en gran parte del feminismo, movimiento que orienta nuestra mirada hacia nosotras mismas, hacia nuestra sexualidad, nuestra maternidad, nuestro deseo tan plural y desconocido por nosotras mismas. Orienta nuestra mirada y nuestros sentidos hacia el mundo, como una ofrenda de la vida que tenemos que acoger y cuidar. ¿Qué significa haber perdido la referencia en las iglesias cristianas? ¿Qué significa haber perdido la identidad que creíamos que nos venía de Dios? ¿Qué significa no tener ya la misma brújula, el mismo farol que indica el camino, la misma ruta preestablecida que nos hacía salir y volver al mismo lugar? ¿Qué significa haber osado enfrentarse a una nueva interpretación y comprensión de nosotras mismas y haber buscado a nuestro modo nuevos mares y nuevas tierras? ¿Qué significan los nuevos poemas que componemos y los nuevos cantos al son de los ritmos que habitan nuestro cuerpo o los sonidos que oímos de otros cuerpos semejantes a los nuestros?
Rompimos el techo y no nos quieren más adentro. Por eso, nos enredan con sus discursos sobre la fidelidad a la Tradición, son sus textos rígidamente interpretados, con su propaganda teológica engañosa… O mienten en público llamándonos livianas, superficiales y fantasiosas, a nosotras que solo queremos encender nuevas lámparas para iluminar la propia vida. ¿Dónde está nuestro delito, nuestro pecado, nuestra culpa?




[1]      Texto elaborado en 2008 por la Comisión ad hoc de la Mujer, la Comisión Episcopal del Apostolado Laical y la Conferencia Episcopal Peruana. Disponible en: .

[2]      Ver: Discurso Del Santo Padre Francisco a la Unión Internacional de Superiores Generales (uisg). Disponible en: .


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