lunes, 28 de mayo de 2018

DETODASPARTESVIENEN, (III) BenjamínFORCANO.-

Benjamín Forcano1El partir de la Biblia, único lugar donde se narran esta fiesta, es imprescindible. Debiera encantarnos poder hacerlo, pues de lo contrario podemos pasar a hacer especulaciones, inerpretaciones más o menos arbitrarias, dando palos de ciego, orillando el sentido auténtico.
Los relatos que directamente se ocupan del tema son dos: uno del evangelista Lucas (Hechos 2, 1-11) y otro del apóstol Juan (Jn 20, 1


La simple lectura de estos relatos inclinan a hacer estas preguntas: ¿Cuándo bajó el Espíritu Santo a los discípulos: el día de la resurrección (es lo que dice Juan), o el día de Pentecostés a los 50 días? (es lo que dice Lucas). Y, siendo que se refieren al mismo fenómeno, ¿qué explicación tiene el que haya una doble versión? Y, lo más importante, ¿cuál es el sentido y mensaje de este hecho y cómo habríamos de vivirlo y aplicarlo a nosotros en esta sociedad globalizada en que vivimos?
1.¿Cuándo bajo el Espíritu a los discípulos?
La interpretación de Lucas es que bajó el día de pentecostés, es decir, siete semanas o cincuenta días después de la resurrección. (pentékota en griego significa “cincuenta”). Esta es la versión que la Iglesia acepta en la liturgia, pues cada año celebramos este acontecimiento cincuenta días después de la Pascua.
La interpretación de Juan es que la venida del Espíritu Santo ocurrió el mismo domingo en que resucitó Jesús.
Tenemos, pues, que el Espíritu Santo bajaría dos veces sobre los discípulos: una en Pascua y otra en Pentecostés.
La explicación, hoy aceptada por los exégetas, es que no se trata de dos bajadas, la primera transitoria o provisional y la segunda definitiva y plena. No. En ambas versiones , la bajada del Espíritu Santo es definitiva y plena. El acontecimiento, que narran Lucas y Juan, es el mismo pero lo cuentan de manera distinta. Para Juan, la muerte y resurrección de Jesús provoca una nueva creación, de modo que la primera creación quedaría obsoleta y superada. Y, por eso mismo, al igual que Dios infunde su espíritu al principio del mundo, lo hace ahora para la nueva creación inaugurada por la resurrección de Jesús. “Al atardecer del primer día de la semana”, dice Juan y el Génesis “para el día séptimo había concluido Dios toda su tarea” (Gen 2,2).
Juan, cuando Jesús se les hace presente, repite por dos veces el saludo: “Paz con vosotros”. Da a entender que el anuncio de los profetas de que, al final de los tiempos, Dios iba a derramar la paz sobre el pueblo de Israel, se ha cumplido; han llegado los nuevos tiempos de una nueva creación.
Y Juan anota que los discípulos, encerrados por miedo a los dirigentes judíos, al ver a Jesús “sintieron alegría “ , experimentando lo que en la última cena les había prometido: “Cuando volváis a verme, vuestra alegría será perfecta” (Jn 15; 16,22-24).
Y cuando Juan escribe: “Dicho esto, Jesús sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”, parece querer evocar el relato del Génesis 2, 7: “El Señor Dios sopló en su nariz el aliento de vida y el hombre se convirtió en ser vivo”.
Finalmente, como señal de que se ha producido una nueva creación, donde Dios purifica a los hombres de sus pecados, Jesús otorga a sus discípulos el poder de perdonar los pecados.
Concluyendo, para Juan la venida del Espíritu Santo se produjo el mismo día de Pascua. Con la muerte y resurrección de Jesús estaba todo listo para una nueva creación y la venida del Espíritu Santo no podía esperar para más tarde.
No sólo eso, la Ascensión de Jesús al cielo se produjo el mismo día de Pascua: “Si no me voy (al cielo) no vendrá el Paráclito, pero si me voy , os lo enviaré (Jn 16,7) . Para que el domingo de Pascua pueda bajar el Espíritu Santo tiene que haber subido antes Jesús al cielo. Lo confirma Juan con el relato de María Magdalena: “Déjame, que todavía no he subido al Padre. Ve y dile a mis hermanos: estoy subiendo a mi Padre y Padre vuestro, a mi Dios y Dios vuestro” (Jn 20,17).
Para Juan, pues, la resurrección, la ascensión y la venida del Espíritu Santo ocurrieron el mismo día de Pascua.
Lucas, nos da otra versión, es decir, otra teología: la venida del Espíritu Santo se produce el día de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua. Esta fiesta tenía gran importancia para los judíos. Les recordaba que , tras cincuenta días de marcha por el desierto, llegan al monte Sinaí. Allí, Dios les entrega las tablas de las LEY, y establecen una ley con El. Y cada año tiene que celebrar este descenso de la ley y la alianza pactada con Dios.
Fundacional Pentecostés
Llevamos más de dos milenios celebrando la fiesta de Pentecostés. Sin embargo, dudo de que hayamos captado bien el origen y sentido de esta fiesta cristiana. Lo cual no es de extrañar, pues desde mucho nos hemos acostumbrado a hacer una lectura literal, sin análisis comparado, de los relatos que nos la cuentan. Y, simplemente con eso, no podemos entender bien el significado de esta fiesta , ni aplicarla adecuadamente a nuestro tiempo. Por otra parte, a esta distancia resulta difícil si no extraño hablar del Espíritu Santo en una sociedad como la nuestra. Nos repiten el cuento de que el Espíritu Santo debe ser algo raro, casi incomprensible, que habita exclusivamente en la Jerarquía y en las Instituciones religiosas.
Y lo que ocurrió realmente no es cosa de ficción ni de poca monta.
La venida del Espíritu Santo le es anunciada por Jesús a los discípulos antes que El deba afrontar su muerte.
Pero, a los discípulos les pasa lo que a nosotros: no entienden. Poco o nada entendían de la misión de Jesús y de la repercusión que iba a tener para la humanidad. Por eso, Jesús les repite que han de esperar a que El les mande el Espíritu para que entiendan muchas de la cosas que El ha hecho y les han enseñado.
Y lo inesperado sobrevino. Jesús resucitó , se presenta a ellos vivo y los deja conmocionados. Su incredulidad y su miedo caen, se sienten revueltos de arriba a abajo, se sienten otros, reprocesando todo lo que habían visto y oído. La inimaginable resurrección de Jesús les produce un cambio radical. Desde ahora, la vida y las palabras de Jesús tenían otro sentido y, a su luz, lo tenían la sociedad, el mundo, todas las cosas.
Lo prometido por Jesús se había logrado: la resurrección operaba en ellos como una fuerza sorprendente, que los disponía a entender la misión de Jesús con su Reino, comprometidos a continuar haciendo lo que Él hizo. En un día, de la noche a la mañana, nacen nuevos, poseídos por el Espíritu del Resucitado, sin que a nadie ni nada teman. Y, a partir de ahí, se pone en marcha el Cristianismo, la Iglesia. Pedro, de pie con los once, lo proclama: “Dios resucitó a Jesús, y todos nosotros somos testigos. Exaltado así por la diestra de Dios , ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado: esto es lo que estáis viendo y oyendo” (Hch, 2,32-33). “Puesto Jesús delante de ellos les dijo: Paz con vosotros. Como el padre me ha enviado, os envío yo también” (Jn 20, 21). “Eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles y en la comunidad de vida, … partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios” (Hch 242, 46-47) .
Los discípulos sólo después de la resurrección hacen de Jesús y de su Reino (su proyecto) la razón de su vida.
1.Lucas nos describe la venida y presencia del Espíritu a los discípulos como viento huracanado, lenguas de fuego que se reparten y posan sobre cada uno. Allí, dice, había gentes de muchas naciones y lenguas, y sin embargo todos se entendían, todos comentaban las maravillas de Dios.
2. Y es que el amor es maravilloso. Porque el Espíritu de Jesús, es universal, trasnacional, traspasas barreras, fronteras, razas y credos de todo tipo. El amor lo siente, lo necesita, lo entiende, lo practica toda persona. Es lo más nuestro; lo más ingénito y común a todos.
El corazón y la lengua de los discípulos de Jesús es el amor y ese amor implica:
-Una ética universal, que crea vínculos y responsabilidades comunes.
-Una justicia y derecho universales.
-Un comercio y solidaridad internacionales.
– Un aborrecimiento de toda suerte de guerra.
-Una conquista de la PAZ, que es posible, si la construimos con justicia y amor. “De las tres cosas (fe, esperanza, amor) la más valiosa es el amor. El amor non falla nunca” (Cor.13, 8.13).
3..Al Espíritu Santo hay, pues, que colocarlo dentro de Dios, es Dios mismo y, como tal, está en todos y en cada uno, como raíz de nuestro ser y sustento de nuestra vida. Nosotros sin El no somos nada, no tendríamos explicación, lo necesitamos porque es nuestro. El sólo necesita de nosotros para manifestarse.
4..Ese Ser Divino , al que Jesús llama Abbá, Padre, es AMOR. Y el amor es creativo, portador de vida, difusivo. Ese amor se nos ha dado con nuestro ser. Somos por El, pero somos también nosotros, libres; estamos atados a la vida, pero no por la vida.
5.Somos ,pues, amor participado. Estamos hechos para amar y ser amados. Y si el Espíritu es amor y nosotros no amamos, es porque el Espíritu está en nosotros dormido, bloqueado, desviado.
6. El Espíritu de Jesús , que es amor, es el que nos congrega como seres humanos semejantes y como hermanos y nos lleva a amarnos como tales. Por eso, una persona sin amor, una pareja , una familia, una sociedad sin amor resultan seres antinaturales y casi incomprensibles; circunstancias especiales les han podido hacer difícil descubrir y cuidar el amor o habérselo impedido. Seres de amor paralizados o frustrados, ¿por sí ? ¿por los demás?
6.Los males, que hoy lamentamos en nuestra sociedad son, casi todos ellos, causados por gente sin amor, sin ese Espíritu divino que todo lo vivifica.
Ya podemos hablar todas las lenguas, dice San Pablo, tener toda la sabiduría, todas las ciencias y todas las tecnologias posibles, todos los programas y planes económicos más avanzados; ya podemos hacer cosas espectaculares y heroicas. Todo eso, sin el amor es nada. El amor lo aguanta todo y no falla nunca (Cor. 13 1-13 )

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