domingo, 8 de julio de 2018

LOMEJORDELASEMANA, IGUALDA, OBEDIENCIA, MANDO?, rECIBIDO DE jUAN cejudo.-

Benjamín Forcano1Una interpretación de la involución posconciliar.
Un hecho innegable: la involución posconciliar
Somos muchos los que podemos subrayar la esperanza y entusiasmo suscitados por el concilio Vaticano II y su progresivo declive hasta nuestros días. Han pasado más de 50 años. La celebración del Vaticano II fue tan importante que no se puede encontrar nada en los últimos siglos que haya revolucionado tanto a la Iglesia católica. Esta revolución incidió principalmente en el tema de la Iglesia y en el de sus nuevas relaciones con el mundo. La Iglesia era comunidad (Pueblo de Dios) y la jerarquía ministerio, puro servicio. Todos, dentro de ella, pasban a gozar de una misma igualdad y de los derechos a la participación y responsabilidad.

Con el mundo se establecía una nueva relación de colaboración y diálogo sin absolutismos ni exclusión de nadie.
Por todo esto, el concilio supuso un gran signo de credibilidad para la Iglesia y se acogió con regocijo y esperanza.
Pero, pronto comenzó la restauración. Han sido unos años en pugna, donde se ventilaba la vuelta a Trento o la fidelidad al Vaticano II. Es de justicia constatar que el período posconciliar se ha caracterizado por un repertorio amplio de involución, diseñado y protagonizado por la jerarquía y los movimientos neoconservadores.
Entre otros hechos, se pueden señalar : la desvirtuación de la colegialidad episcopal, de las conferencias episcopales y de los sínodos; la intromisión ejercida en la Compañía de Jesús y en otras Congregaciones religiosas; el control romano del nombramiento de los obispos; la censura sobre la Conferencia de Santo Domingo y del Sínodo Africano; la prevención y acoso a la Teología de la Liberación y otras teologías modernas; la represión de muchos teólogos; la marginación de los obispos más avanzados; el control de revistas y otros medios de información; el enfoque preconciliar del nuevo catecismo, de la encíclica “Veritatis Splendor”; el fomento de un catolicismo de masas a través de los controvertidos viajes del Juan Pablo II, etc.
Las causas de la involución
Sin duda alguna, pueden señalarse diversas causas que expliquen este estado de involución. Me limito a señalar la sería la causa principal: falta de democracia en la Iglesia o, si se quiere, la vuelta a un modelo jerárquico de Iglesia.
Ligeramente muchos creerán que, quienes reivindicamos fidelidad al Vaticano II, lo hacemos encubriendo intenciones de relajo y desobediencia. Nosotros más bien partimos del hecho histórico de que la configuración de la autoridad en la Iglesia se ha apartado, demasiadas veces, del espíritu del Evangelio. Una cosa es luchar contra la autoridad y otra contra el autoritarismo. Y es deber hacerlo cuando éste traspasa los límites debidos. Y los traspasa cuando actúa con procedimientos antidemocráticos, claramente opuestos a la dignidad humana y sus derechos.
Se trata, pues, de un conflicto entre renovación e involución, democracia y autoritarismo y, más al fondo, de un actitud que rechaza la modernidad. Porque, se quiera o no, la modernidad trajo la democracia y con ella otros valores. Y la Iglesia, como institución, funciona con estructuras altamente autoritarias y no podía aceptar la democracia.
Lo escribe magníficamente el teólogo E. Schillebeeckx: “La razón humana debe usarse al cien por cien en el campo de la fe. Sacar a colación la obediencia y cerrar los ojos, no es cristiano, no es católico. Es cada vez más necesaria la racionalidad, sobre todo, para reaccionar contra el fundamentalismo que mina cada vez más a la Iglesia… El retorno al catolicismo del primer milenio es , para Juan Pablo II, el gran reto. En el segundo milenio, Europa ha decaído y con ella ha decaído toda la cultura occidental. Para reevangelizar Europa es necesario superar la modernidad y todos los valores modernos y regresar al primer milenio… Yo critico este retorno porque los valores modernos de libertad de conciencia, de religión, de tolerancia no son, desde luego, los valores del primer milenio” (Soy un teólogo feliz, Atenas, 1994, pp. 73-74).
Seguramente, buena parte de la jerarquía eclesiástica sigue oponiéndoseal cambio bajo el pretexto de querer mantener la fidelidad al patrimonio auténtico del cristianismo. Pero no es ese el problema. La cuestión está en no abrirse a un modelo cultural distinto, que obliga a relativizar modelos del pasado y a distinguir lo que en ellos hay de contenido fundamental de la revelación y de formulación variable del mismo.
La merma o ausencia de democracia dentro de la Iglesia se muestra en tres cosas:
A) Vuelta al modelo de Iglesia preconciliar, en el que la Iglesia era entendida en paralelismo radical al mundo, como si no necesitara par nada de él. Ella sería el único lugar de lo sagrado, de la salvación, de los valores éticos y, por tanto, de la solución para los problemas. El mundo sería el lugar del mal y de lo negativo. No se puede confiar en él.
B) Reimplantación hegemónica de la jerarquía. La jerarquía volvería a ser el elemento central y dominante, en desigualdad con la comunidad. Tal posición imposibilita que la Iglesia funcione desde la responsabilidad y creatividad de la comunidad y acepte la renovación.
C) Una teología institucional uniforme y eclesiocéntrica, que supervalora el papel de la autoridad y del magisterio, que marca jurídicamente el ámbito de pertenencia a la Iglesia, que acentúa lo propio frente a lo común y que frena y deslegitima a los movimientos más críticos y transformadores. Se busca una Iglesia fuerte, socialmente cohesionada, que permita actuar con homogeneidad poderosa.
El por qué o interpretación de una “Iglesia sin democracia”
Yo creo ver la edificación del autoritarismo eclesiástico sobre el concepto de una obediencia ciega como “ideal de vida”, que lleva a extinguir el yo, trasladando la voluntad propia a la voluntad de otro. Esta dejación se reviste de humildad, pero en el fondo se trata de ir reduciendo el yo -indigno, pecador, inseguro, recalcitrante- para que interiorice las consignas de la autoridad. Se sustenta así la convicción de que lo personal es falso, sospechoso, inauténtico, contrario a la voluntad de Dios, es decir, se engendra una radical desconfianza en sí mismo y una tendencia a depositar la responsabilidad, el crédito y la salvación en las orientaciones de los que mandan.
Una expresión máxima de esta mentalidad la vemos en el texto de Inocencio II cuando escribe: “Todo clérigo debe obedecer al Papa, aun cuando le ordene hacer el mal, ya que nadie puede juzgar al Papa” (Citado por Drewermann, en Clérigos, p. 413).
Y comenta al respecto el mismo Drewermann: “En nuestro tiempo sólo tenemos una palabra para describir esa mentalidad: fascista. Un ´caudillo´ que es dueño de la verdad y del derecho, que exige la obediencia como medio para imponer las verdades establecidas. ¡Qué perversión de la ´verdad´ del cristianismo! ¡Qué lejos está la realidad imperante hoy en la Iglesia de aquellas palabras sarcásticas de Jesús en Mc 10, 42 sobre la ´tiranía´ que los gobernantes ejercen sobre sus súbditos, y del enérgico mandato: ´Entre vosotros no sea así´“ ( Idem, Clérigos, p. 414).
De esta manera, el colectivo jerarquía se disuelve en una magnitud absoluta, incuestionable, que pretende ser la verdad misma. La verdad en este caso ya no se hace depender de razones, sino de la función. Por el simple hecho de ser autoridad se tiene la verdad. Las personas concretas no cuentan para nada. El grupo jerárquico, por otra parte, se identifica con Cristo y, así, obedecerle a él es obedecer a Cristo. La anulación de sí mismo y de la propia inteligencia y voluntad se elevan a categoría de ideal cristiano: “Aparece como aberrante y escandaloso que, entre todos los movimientos espirituales y culturales de Occidente, la Iglesia católica haya sido la única que se ha atrevido a mantener hasta hoy su interpretación de la ´obediencia evangélica`, entendida como una sumisión incondicional del individuo a la voluntad de los superiores eclesiásticos, y que no ha querido adaptar su estilo de vida comunitario al espíritu fundamental de la era moderna, es decir, a la libertad del hombre y, en particular, a la `libertad del cristiano´” (Drewerman, Idem, p. 411).
¿Qué es, pues, lo que lo que fundamenta el autoritarismo eclesiástico?
Descubrir en virtud de qué mecanismo una persona renuncia a sí misma dejándose creer que su realización se alcanza por el camino inverso de la obediencia es dar seguramente con la base que sustenta el autoritarismo eclesiástico. Drewermann desarrolla una tesis original, que se puede sintetizar en estos aspectos:
1. Los clérigos son el eje de la Iglesia. A pesar de la nueva eclesiología del Vaticano II, los clérigos son y siguen siendo la clase preferente de la Iglesia.
2. Por consiguiente, la continuidad y el éxito están asegurados mientras pueda mantenerse fuerte esta clase preferente. Pero, entiéndase, los clérigos son tales no por cuenta propia sino porque se ajustan a una características estructurales que se les exigen para poder ejercer su función.
3. Esta característica consiste en desarrollar en su vida la función central de clérigo, que le confiere oficialmente (es ordenado por el obispo a quien se siente vinculado y sometido incondicionalmente) el rango de “jefe”, de ser “extraordinario”, de “mediador de la divinidad”, etc. Su proyecto y camino personal quedan asumidos y reemplazados por el proyecto y camino clerical.
4. Su realización como persona va unida a esta función, que le exige obediencia a sus superiores y le le demanda exigirla a sus subordinados. Obedecer y, a su vez, mandar, es lo suyo. La función le viene dada, lo suyo es ser funcionario de Dios tal como se le prescribe, es decir, lo clerical se instaura en su vida como elemento autónomo. Sus aspiraciones de crear, expresarse con libertad, realizar sus sentimientos con sinceridad podrá hacerlo mientras no se lo prohíba el “superego” clerical. El clérigo debe realizarse según las exigencias de esta su función y no según las exigencias de su propia persona. Nunca en público podrá tener él la razón y la verdad sino su condición de clérigo.
El clérigo, si se quiere acabar con la raíz de todo despotismo eclesiástico, debe atreverse a pensar, a pensar por cuenta propia y expresar sus convicciones para no ser, cuando haga falta, un funcionario, mero ejecutor de los mandatos de una estructura jerárquica. Esto supone, y requiere, estudio y convicciones profundas, sinceridad y, si el caso lo requiere, valentía para oponerse a lo establecido: “La mentalidad funcional empuja inexorablemente de todo clérigo a poner su lealtad al deber ministerial por encima de la sinceridad personal y del auténtico amor a la libertad” (Idem, p. 122).

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