Buenos días Montse:
Aprovechando esta comunicación con Justicia y Paz, nos
tomamos la libertad de compartir el texto que adjuntamos. Acá y en todos
lados se ensalza la
SOLIDARIDAD. Esperamos un día
no muy lejano podamos reencauzar la vida en una NUEVA
REALIDAD, no la de antes. Entonces ahí
hacer JUSTICIA para siempre no
solidaridad para un rato….Un abrazo desde la ciudad capital más
austral Montevideo, que la Justicia y la
Paz no sea un logo simplemente. José
Eduardo Bernadá-
Pereira,
profesor titular de Ética y Filosofía en Udelar
En el último tiempo se vio reaparecer el orgullo uruguayo por su
solidaridad: la desventajosa situación de muchos despierta la ayuda de
buena parte de la sociedad. Seguramente sentimientos morales como
la compasión y la piedad son los que mueven a organizar ollas populares y
recolectar víveres para aquellos afectados inmerecidamente y los colocan al
borde de lo que ninguna persona debe padecer. Sin embargo las
sociedades democráticas tienen herramienta más potente para esta
situación; la JUSTICIA.
Justicia y solidaridad son dos conceptos normativos centrales de la vida de las sociedades democráticas. Ambos conceptos sin embargo, tienen un alcance diferente e implican también compromisos diferentes. La JUSTICIA consiste en otorgarnos mutuamente cargas y beneficios que resultan de la cooperación social, es decir, todos nos beneficiamos y obtenemos ventajas de la vida en sociedad, pero como contraparte de ello debemos de contribuir a esa sociedad- La solidaridad es un concepto con bordes más borrosos que la justicia, pero puede presentársela como el interés en los resultados de las vidas de personas con las que se comparte un círculo de pertenencia, lo que puede ir desde pertenencias familiares, barriales o comunidades, a las de mayor alcance como la sociedad o toda la humanidad.
En ambos casos JUSTICIA y SOLIDARIDAD implican compromisos con los otros, pero en el primero esos compromisos se convierten en deberes que son garantizados por el Estado, mientras que en el segundo puede ser asimilado a una ayuda voluntaria, algo que no puede ser obligado o exigido. La solidaridad nos llama a actuar en beneficio de aquellos que sufren necesidades inmerecidas por ello es sumamente importante para la vida social, pero no nos obliga como sí lo hace la justicia; la solidaridad puede cesar por nuestra propia voluntad, pero la justicia no. Seguramente estas diferencias de alcance hacen que las gremiales agropecuarias y muchos empresarios de nuestro país, en estos momentos de crisis sanitaria y social, se sientan muy cómodos en el espacio de la solidaridad, pero no en el de la JUSTICIA.
Es bastante simple y calma la conciencia moral donar,
ovejas, alimentos para ollas populares o canastas para
los sectores más vulnerables, pero es bastante más
difícil asumir una contribución a través de la estructura
impositiva que tiene el país. Esto también
afecta a los gobernantes, quienes invocan a la solidaridad
a la hora de establecer el impuesto para el Fondo
Coronavirus, pero se excusan de usar el término
“JUSTICIA” porque una medida que afecta a una
parte y no a todos nada tiene que ver con
la justicia, viola los términos de la cooperación
social. Claramente la justicia
tiene un rostro más adusto que el de la solidaridad, es mucho
más difícil mirarla a la cara y tiene un peso normativo que pocos
pueden soportar. Con esa dureza fue representada por Gustav Klimt,
en el maravilloso mural que realizó en Viena
El
foco en la solidaridad que se hace para enfrentar las consecuencias
sociales de la pandemia también tiene una consecuencia no deseada; en la
mayoría de los casos se tematiza la acción indudablemente
encomiable de quienes son solidarios y no los sentimientos de
quienes reciben la solidaridad. Este carácter unilateral de la
presentación pública de las acciones solidarias pasa por alto
lo que sienten quienes reciben una canasta o tienen que ir a una olla popular
en busca de comida. De esta forma los sentimientos de vergüenza social y
también de posible autoestigmatización quedan en segundo plano.
La vergüenza, como toda emoción social, es provocada por creencias que hacen
referencia a otras personas, por lo tanto el surgimiento de esta emoción
no depende de quién con la mejor intención ayuda a quienes lo necesitan, sino
las creencias que tienen estos últimos sobe lo que la sociedad piensa de los
que nos son capaces de lograr su propio sustento. El impacto que tiene la
vergüenza está estrechamente ligado a las normas sociales que regulan
tanto el carácter como el comportamiento, y una sociedad
centrada en la ética del trabajo es vergonzante no poder sustentarse a uno
mismo y a su familia. Esta emoción también refuerza los
sentimientos de estigmatización que sienten los grupos más vulnerables como
sectores sociales que. no son capaces de asegurar el mínimo indispensable
para llevar adelante un plan de vida en forma digna. En esta situación de
incipiente emergencia social nuevamente parece que el rostro adusto de la
justicia no puede ser mirado por las instituciones, ya que hacerlo implicaría
recibir el mensaje de que la igual dignidad no puede ser retaceada y que el
Estado debe cumplir con su obligación de protegerla en forma
incondicionada.
Por supuesto que justicia y solidaridad también convergen. La solidaridad
puede dar lugar a la justicia, Es perfectamente posible que lo que se
inicia como intervenciones inspiradas en la solidaridad se conviertan en
una regulación institucional de justicia, o que la justificación de muchas
políticas públicas institucionalizadas de justicia se asienten en razones de lo
que nos debemos por solidaridad, como el Impuesto a la Renta de las Personas
Físicas o el Fondo Nacional de Salud. Sin embargo eso nos e da
necesariamente debido a las características indicadas de solidaridad, y es
posible disociar ambos aspectos de nuestra vida
práctica. En nuestro país, que atraviesa una situación social de
creciente vulnerabilidad, no parece exagerado decir que estamos viviendo una
explosión de solidaridad que no llega a convertirse en
justicia. En una
frase inolvidable, JohnRawls, el filósofo más influyente del siglo XX, resumía
el verdadero núcleo de las sociedades democráticas diciendo que; ” la
justicia es la primera virtud de las instituciones sociales”, de tal
manera que si estas instituciones son injustas deben ser
reformadas o abolidas, y que a su vez “cada persona
posee una inviolabilidad fundada en la justicia que ni siquiera el
bienestar en conjunto puede atropellar” . En las
sociedades democráticas, justicia e igual dignidad están internamente
ligadas; es imposible que una sociedad democrática pueda ser justa si no
considera a sus miembros como fines en si mismos, y por lo tanto el diseño de
sus instituciones debe estar orientado a asegurar y proteger la dignidad
de sus ciudadanos. Las situaciones de crisis y emergencias no son
la excepción sino todo lo contrario: es en estas circunstancias
cuando el rostro de la justicia, que Gustav Klimt
retrató, debe ser mirado y sostener su mirada debería ser el primer deber de
las instituciones.-
Gustavo Pereira, profesor titular de Ética y Filosofía en Udelar.
De: Justicia y Paz
[mailto:cgjuspax@gmail.com]
Enviado el: miércoles, 13 de enero de 2021 7:57
Para: undisclosed-recipients:
Asunto: Webinar OLS2: Respuesta al clamor de las personas empobrecidas
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