El 'prelado lacayo' del 'emperador Nerón' José Manuel VIDAL Religión Digital.-
La escena parece una litografía del Antiguo Régimen más que una foto del siglo XXI: Donald Trump sentado, dueño del espacio, del tiempo y del encuadre, mientras Paul S. Coakley, presidente del episcopado estadounidense, de pie, sonríe a su lado como figurante de lujo.
No hay diálogo, no hay mutua escucha visible: hay un trono improvisado y un invitado reducido a escenografía. Y eso, cuando quien está de pie representa a la Iglesia católica, no es solo una anécdota de protocolo; es un mensaje político y eclesial de enorme calado. ¡Una vergüenza!, que diría el Papa Francisco.
Un encuentro institucional puede ser legítimo y hasta necesario. Los presidentes de todos los países suelen reunirse con los líderes religiosos. El problema aquí no es la reunión, sino la escenografía elegida y aceptada. Un presidente sentado tras el escritorio, en pose de emperador, mientras el arzobispo permanece de pie, ligeramente inclinado y, encima, sonriendo, transmite visualmente una relación de jerarquía humillante: uno manda, el otro obedece; uno es centro, el otro comparsa
Precisamente lo contrario de lo que la Iglesia debería mostrar, cuando se sienta con el poder político: independencia, parresía, libertad evangélica para hablar incluso cuando molesta y en nombre de los más pobres ante el ‘rey’ de los más ricos y poderosos.
Cuando se acepta ser colocado así –de pie, sonriendo, sin siquiera una silla, como quien ha sido convocado a un despacho para “hacerse la foto”– la imagen no comunica respeto mutuo, sino subordinación.
Y lo que es más grave quizás, refuerza la percepción de una Iglesia que no entra a un diálogo de tú a tú, sino que acude casi en actitud de súplica: un suplicante ante el príncipe, un lobby religioso ansioso de acceso, dispuesto a tragarse cualquier gesto de ninguneo con tal de no perder la puerta entreabierta al poder.
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