martes, 5 de junio de 2018

CRISIS SIN PRECEDENTES. Coincido puede ser algo largo, pero mucho más provechoso, leamos con atención NOS VA LA VIDA.!!!

Pagola1Antes que nada parece necesario tomar conciencia de las nuevas condiciones en que la Iglesia ha de llevar a cabo hoy su misión evangelizadora. Condiciones insospechadas hace solo Linos años. No es posible exponer aquí, ni siquiera de manera resumida, los análisis sociológicos y los ensayos que se están publicando sobre la sociedad contemporánea occidental. Nos limitaremos a tomar nota de algunos datos básicos que parece necesario tener en cuenta para pensar hoy de manera renovada la misión evangelizadora de la Iglesia.

1. Centralidad de la crisis
No es fácil analizar lo que está sucediendo. El momento actual es complejo y está lleno de tensiones y contradicciones. No todos hacen la misma lectura, pero casi siempre se pronuncia una palabra: «crisis».
Las filosofías modernas entienden que la crisis se ha convertido en el horizonte de comprensión del momento actual. La aparente armonía de un mundo unificado y coherente se está derrumbando. Todo aparece cuestionado. Se habla de «om-nicrisis» o de crisis total. «La crisis es un fenómeno que se ha extendido a todos los dominios de la existencia humana, hasta el punto de que viene a designar simplemente nuestra condición de hombres modernos»1.
1 J. L. SOULETIE, La crise, une chance pour la foi. París, Les Editions de l’Atelier, 2002, p. 45.
La crisis afecta a todos los sectores de la vida: hay crisis metafísica, cultural, religiosa, económica, ecológica. Están en crisis la familia, la educación y las instituciones sociales de otros tiempos. Han caído en buena parte los mitos de la Razón, la Ciencia o el Progreso: la razón no nos está llevando a una vida más digna y humana; la ciencia no nos dice ni cómo ni hacia dónde hemos de orientar la historia; el progreso no es sinónimo de felicidad para todos.
Está en crisis la transmisión del patrimonio socio-cultural a las nuevas generaciones. Se va perdiendo la memoria histórica y religiosa. Emerge una cultura plural y difusa en la que las grandes tradiciones culturales, religiosas y políticas van perdiendo la autoridad que han tenido durante siglos. Se ponen en cuestión los sistemas de valores que configuraban en el pasado el comportamiento ético. Crece la indiferencia ante lo religioso, lo metafísico y lo político. Se ha dejado de creer en «las antiguas razones de vivir». Vivimos una situación inédita: los antiguos puntos de referencia parecen inadecuados y los nuevos no están todavía bien dibujados. La actitud más generalizada ante el futuro es la incertidumbre y una difusa inquietud. Para captar mejor la profundidad de esta crisis podemos recordar algunos rasgos básicos.
En primer lugar, el descrédito y la desconfianza. No resulta fácil creer en el pensamiento humano. Las grandes ideologías del siglo xx han conducido a la humanidad a las mayores tragedias de la historia: dos guerras mundiales, el Holocausto (Shoá), Nagasaki, Hiroshima, la era estaliniana, las guerras de Camboya, Yugoslavia o Ruanda, y en estos momentos el terrorismo del Daesh2. No es fácil tampoco creer en el proceso humano cuando el cinismo económico de los países más avanzados mantiene en el hambre y la miseria a un tercio de la humanidad. En medio de la incertidumbre y la desconfianza solo queda el ser humano con su fuerza creadora y también con su poder destructor.
2 J. GLOVER, Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX. Madrid, Cátedra, 2001.
Por otra parte se experimenta como nunca la fragmentación. No se aceptan los grandes relatos de salvación, las grandes síntesis, los sistemas, las grandes religiones. Ya no es posible un mundo en común. En adelante se vivirá en el pluralismo. La existencia es hoy multiplicidad, diversidad, diferencia. La verdad está en el fragmento. No se busca un fundamento metafísico último, pues no se ve que sea necesario. Esta ausencia de marcos de referencia agudiza la existencia de cada individuo, pues le obliga a ahondar por sí mismo para encontrar sus razones para vivir y para dar sentido a su vida.
La crisis genera como fruto espontáneo el nihilismo, que podríamos considerar como la actitud que renuncia a buscar los «porqués» de la existencia. Ya F. Nietzsche anunció que el nihilismo sería la grave enfermedad de las sociedades modernas. El proceso es fácil de detectar: se vive con la sensación de que los valores, las normas y principios que regían en tiempos pasados la existencia ya no sirven; luego, una vez instalados en esta crisis, los individuos se deslizan cada vez más hacia actitudes impregnadas de nihilismo y pragmatismo.
Otro rasgo que hay que tener en cuenta es el fatalismo. Estamos inmersos en un proceso que nos parece imposible detener o modificar. No se cree apenas en la capacidad de intervención del ser humano. La historia parece sometida a fuerzas anónimas que nos superan. La crisis de la tradición, de la educación y de la transmisión de cultura indica que ya no se cree en el pasado, pero, por otra parte, no se sabe qué es lo que podría devolver la esperanza a esta humanidad desencantada. Solo queda la libertad frágil del ser humano. De ella depende el futuro.
Al tratar de buscar algunas claves para la evangelización hoy parece necesario pensar, antes que nada, en cómo hemos de situarnos ante esta crisis tan global y profunda. ¿Qué ha de ser y cómo ha de actuar la Iglesia de Jesús en esta crisis? ¿Cómo ha de entender y vivir su misión?
2. La «crisis de Dios»
Dentro de la crisis general que se vive en la sociedad occidental es fácil detectar la crisis de la religión y, en concreto, la crisis del cristianismo. Desde el interior de la Iglesia, nosotros tendemos a subrayar los hechos más cercanos y preocupantes para nosotros: el descenso de la práctica religiosa, la disminución de vocaciones para el ministerio presbiteral y la vida consagrada, el alejamiento masivo de los jóvenes, el envejecimiento de las comunidades…
Sin embargo, bajo estos indicios visibles de crisis religiosa se está produciendo algo mucho más radical: lo que J. B. Metz llama la «crisis de Dios» (Gotteskrise). El hecho ha sido captado de muchas formas: «Dios ha muerto» (E Nietzsche), estamos viviendo «el eclipse de Dios» (M. Buber), nos hemos quedado «sin noticias de Dios» (M. Fraijó). Se sigue hablando de él, pero «Dios» se ha convertido para muchos en una «palabra fósil»: testigo de la fe de otros tiempos, pero casi privada hoy de significado real para muchos.
Dios ha dejado de ser el fundamento del orden social y el principio integrador de la cultura. De una afirmación social masiva, pública e institucional de Dios se ha ido pasando a una situación de indiferencia cada vez más generalizada. La cuestión de Dios apenas atrae o inquieta: sencillamente deja indiferente a un número cada vez mayor de personas. La fe en Dios parece diluirse en la conciencia del hombre moderno. Se diría que está desapareciendo del horizonte de cuestiones y respuestas posibles al sentido de la existencia. Dios no interesa. Cada vez son menos los que piensan en él como principio orientador de su comportamiento.
Según el análisis de no pocos expertos estamos entrando en una «era poscristiana» (Emile Poulat). De hecho, es fácil constatar la pérdida creciente de la «memoria cristiana». Cada vez son más los que ignoran el hecho cristiano, incluso como fenómeno histórico y cultural. Cada vez es más difícil la transmisión de la tradición cristiana a las nuevas generaciones3.
3 Véase el breve pero excelente estudio de J. MARTÍN VELASCO, La transmisión de la fe en la sociedad contemporánea. Santander, Sal Terrae, 2002.
Más aún, según algunos observadores, estarnos saliendo del «orden de las creencias», en que los individuos actuaban movidos por alguna fe que les servía de criterio, sentido y norma de vida, y estamos pasando al «orden de las opiniones», en que cada uno tiene su propia opinión sin necesidad de fundamentarla en ningún sistema ni tradición. Todo ello en el marco de un escepticismo y desencanto cada vez más generalizado.
Esta «crisis de Dios» no parece un hecho pasajero. H. Küng lo califica de «crisis epocal», J. B. Metz lo considera el «hecho nuclear» que está repercutiendo decisivamente en la configuración del hombre moderno. Recientemente, J. Martín Velasco ha hablado de una «metamorfosis de lo sagrado»4. Se comienza a pensar que estamos viviendo una época que puede tener para el futuro del cristianismo y de las religiones repercusiones tan profundas como las que tuvo el llamado «tiempo eje» (K. Jaspers) durante el primer milenio antes de Cristo, cuando nacieron las grandes religiones y el pensamiento filosófico que han tenido vigencia hasta nuestros tiempos (Lao Tse y Confucio en China; las Upanishads y Buda en la India; Zaratustra en Persia; los grandes profetas en Israel y el pensamiento filosófico de los presocráticos, Sócrates y Platón en Grecia). R. Panikkar va más lejos y llega a afirmar que el «período axial» que estamos viviendo significa que «el pasado período de seis mil años está siendo sustituido progresivamente por otras formas de conciencia» marcadas por la secularidad5.
4 J. MARTÍN VELASCO, Metamorfosis de lo sagrado y futuro del cristianismo. Santander, Sal Terrae, 1999, sobre todo pp. 23-30.
5 R. PANIKKAR, El mundanal ruido. Barcelona, Martínez Roca, 1999, p. 24. Sobre el período axial y sus repercusiones religiosas, véase una descripción sugerente en el mismo R. PANIKKAR, El silencio del Buddha. Una introducción al ateísmo religioso. Madrid, Siruela, 1996, pp. 165-185.
La proliferación de nuevas corrientes religiosas o de espiritualidad ha podido hacer pensar que «Dios vuelve». No es así. Las nuevas tendencias religiosas no remiten, en general, a una trascendencia que el ser humano ha de reconocer, sino que encierran al individuo en sí mismo (adquisición de una nueva conciencia, iluminación, iniciación esotérica, vacío mental…). La salvación no es aquí gracia que el ser humano recibe de Dios, sino proceso de autorrealización de la propia conciencia. Según J. Martín Velasco, estos movimientos «operan tal transformación de la religión que, más que respuestas a la crisis religiosa, representan la culminación de la misma» 6. Se trata de verdaderas «religiones sin Dios» (J. B. Metz), pues lo reemplazan ocupando su lugar y confirmando así la profundidad de la «ausencia de Dios» en la crisis actual.
6 J. MARTÍN VELASCO, El fenómeno místico. Madrid, Trotta, 1999, p. 475; J. M. MARDONES, Para comprender las nuevas religiones. Estella, Verbo Divino, 1994.
La «muerte de Dios» no es una buena noticia para nadie, pues está arrastrando a la humanidad hacia un nihilismo que muchos consideran «la definición de nuestra época»7. La razón es clara. Gabriel Amengual la resume de manera brillante: «Con la muerte de Dios no se indica solamente la desaparición de la idea de Dios y la metafísica en ella fundada, sino también todo intento de dar coherencia y sentido, fundamento y finalidad, metas e ideales: el derrumbamiento de todos los principios y valores supremos»8.
8 Ibid, p. 174.
7 G.AMENGUAL, Presencia elusiva. Madrid, PPC, 1996, p. 181.
No es extraño que la crisis de Dios y el consiguiente nihilismo hagan emerger hoy preguntas tan vitales como inquietantes: ¿dónde puede encontrar la convivencia humana un nuevo eje para orientar su caminar histórico?, ¿cómo repensar la trascendencia y su relación con lo inmanente?, ¿dónde encontrar esa síntesis todavía no lograda entre lo sagrado y lo secular?, ¿en qué dirección buscar modelos adecuados para decir «Dios»? 9
9 J.-L. MARIÓN, El ídolo y la distancia. Cinco estudios. Salamanca, Sígueme, 1999.
3. La crisis religiosa entre nosotros
Era necesario captar la crisis religiosa en su hondura y gravedad para no movernos de manera ingenua en la búsqueda de nuevos caminos de acción evangelizadora; pero corremos el riesgo de caer en una sensación de vértigo e impotencia que no conduce a ninguna parte. A nosotros nos toca vivir este fragmento de la historia en este «rincón de Occidente». Aquí y ahora hemos de vivir y comunicar la experiencia cristiana del Dios vivo de Jesucristo. Por ello hemos de situarnos en la crisis religiosa dentro del contexto en el que nosotros nos movemos. Creo que C. Imbert expresa bien lo que sentimos no pocos: «Descubrimos insensiblemente, sin verlo ni saberlo
con claridad, una nueva forma de pensar y de actuar, una nueva forma de vivir en común que ya no está marcada por la huella mental y social del sistema cristiano»10. Las gentes se van familiarizando con la cultura de «la ausencia de Dios»: se prescinde de él y no pasa nada especial. Los mismos cristianos nos vamos acostumbrando a la nueva situación de indiferencia. Convivimos sin desazón alguna con personas a las que Dios no atemoriza ni atrae, no cuestiona ni fascina. Sencillamente las deja indiferentes.
10 C. IMBERT, Par bonheur. París. Grasset, 1994, pp. 45-49.
Entendemos bien la descripción que hace J. Martín Velasco de la situación espiritual de nuestra sociedad impregnada por la cultura posmoderna11. Vivimos inmersos en una cultura de la «intrascendencia» que encadena a las personas al «aquí» y «ahora», haciéndoles vivir solo para lo inmediato, sin apenas necesidad alguna de abrirse a la trascendencia. Respiramos una cultura del «divertimiento» que arranca a los individuos de sí mismos hacia fuera, haciéndoles vivir en el olvido de las grandes cuestiones que lleva en su corazón el ser humano. Nos alimentamos de una cultura del «tener» que desarrolla el espíritu de posesión, incapacitando a las personas para todo aquello que no sea el disfrute inmediato.
11 J. MARTÍN VELASCO, Ser cristiano en una cultura posmoderna. Madrid, PPC, 1997, pp. 41-65.
Voy a señalar algunas tendencias que, probablemente, todos podemos observar de alguna manera entre nosotros.
Lo primero que podemos observar es que la situación religiosa se va haciendo cada vez más compleja. Ya no estamos en aquella sociedad en que prácticamente todos estaban bautizados, la mayoría eran cristianos practicantes y casi todos se sometían dócilmente al magisterio de la Iglesia. Hoy podemos observar diferentes formas de fe, de indiferencia y de increencia. Podemos encontrarnos con creyentes piadosos y con gente desinteresada totalmente de lo religioso; con ateos convencidos y con personas escépticas de actitud agnóstica; con adeptos a nuevas religiones y movimientos, y con personas que desean creer y no aciertan a descubrir un camino; con sectores que creen vagamente en «algo» y con individuos sincretis-tas que viven «una religión a la carta» para su uso particular; con personas que no saben bien si creen o no creen; gente que cree en Dios sin amarlo; personas que oran sin saber muy bien a quién; gente que cree a los que le hablan de Dios…
Sin embargo, aunque convivimos en la misma sociedad y nos encontramos cada día juntos en el trabajo, en el ocio y las relaciones sociales, lo cierto es que con frecuencia apenas sabemos nada de lo que piensa el otro acerca de Dios, de la fe o del sentido último de la vida. Cada uno lleva en su interior cuestiones, dudas, incertidumbres y búsquedas que no conocemos. Puede ser un error definir desde fuera la postura religiosa de las personas: J.-P. Jossua propone «tener a cada uno por lo que afirma que es»12.
12 J.-P. JOSSUA, La condición del testigo. Madrid, Narcea, 1987, p. 14.
Tampoco es difícil constatar que lo religioso se va reduciendo a un sector cada vez más restringido. La experiencia religiosa va quedando confinada en el interior de las Iglesias. El sector de practicantes es cada vez más minoritario y está constituido en buena parte por personas de edad avanzada, transmitiendo la imagen de una «religión terminal» que no pertenece a nuestros tiempos, sino al pasado. Hace tiempo que la religión ha ido perdiendo poder e influjo en el campo político, social, cultural o artístico. Lo que ahora observamos es que va ocupando un lugar también cada vez menor en la vida cotidiana de las personas. Aparece en algunos momentos significativos (nacimiento, muerte, boda…), pero la vida cotidiana se organiza sin una referencia habitual a Dios. Se diría que se conserva la religión como por inercia, pero sin que se vea con claridad qué puede aportar en la vida diaria.
Esta fe religiosa inoperante va siendo desplazada en algunos por una cierta confianza en la ciencia y en el progreso que nos pueden conducir, a pesar de todo, hacia un mundo mejor y más humano. La fe va siendo entonces sustituida por otras convicciones que giran en torno a los valores de la democracia, entendida como un sistema difuso de creencias, principios y valores (derechos humanos, libertad, tolerancia, seguridad ciudadana, respeto a la Constitución…) que pueden contribuir a una mejor convivencia consolidando los lazos sociales.
Esta actitud cada vez más extendida de una fe religiosa inoperante y de un desplazamiento progresivo hacia otras convicciones más útiles y operativas nos obliga a hacernos algunas preguntas básicas: ¿en qué se convierte la fe si ya no es capaz de inspirar el sentido global de la vida ni las posiciones ante el amor, las relaciones sociales, el comportamiento ético, la muerte…?, ¿qué es esa fe cristiana si ya no motiva ni moviliza a la persona? El sociólogo canadiense Raymond Lemieux hace esta observación después de un largo estudio: «Dado el carácter provisional y a menudo efímero de estas creencias religiosas, no se puede esperar que sean verdaderamente movilizadoras y comprometan a los sujetos en prácticas sociales determinadas». Y prosigue: «Si nuestras hipótesis son válidas, es probable que en el futuro se consuman tanto más creencias cuanto menos movilizadoras sean 13¿No estamos también nosotros caminando en esa dirección?
13 R. LEMIEUX / M. MILOT (dirs.), Les croyances des québécois. Esquisses pour une approche empirique. Cahiers de Recherche en Science de la Religión. Quebec, Université Laval, 1992, pp. 80-81.
Se observa también que la fe religiosa es cada vez menos definida y más fluctuante. La adhesión a una religión es cada vez menos firme y más abierta a posibles combinaciones. La gente se siente cada vez menos obligada a dar cuenta de sus actitudes religiosas. Se puede creer sin pertenecer institucionalmente a una Iglesia. Está creciendo lo que algunos llaman «la desregulación institucional del creer» (D. Hervier-Léger), es decir, se tiende a vivir las propias creencias al margen de la institución religiosa.
Para R. Díaz-Salazar, esta «religiosidad desinstitucionalizada» es precisamente «la tendencia más significativa del panorama sociorreligioso de la España de fin de siglo»14. Cada vez se acepta menos la imposición de las creencias, normas éticas o prácticas cultuales por parte de una institución. Por ello asistimos a una especie de «diseminación de lo religioso»: cada uno se busca sus fuentes y referencias, y se elabora su propia posición religiosa («bricolaje religioso», «religión a la carta», «religión de supermercado»…).
14 R. DÍAZ-SALAZAR / S. GINER (eds.), Religiosidad y sociedad en España. Madrid, GIS, 1993, p. 94.
Algo semejante está sucediendo entre aquellos que viven sin una referencia a Dios. Su postura increyente es cada vez más fluctuante, menos ideologizada, más diversificada y menos combativa por lo general frente a lo religioso. En pocas palabras: se puede decir que cada vez es más difícil saber qué es un creyente y qué es un no creyente. Precisamente por eso las fronteras entre ambos se van diluyendo, pues se debilitan progresivamente los puntos de referencia. En no pocos creyentes hay algo de increencia y ambigüedad; en algunos increyentes hay fe y búsqueda. Si hablamos de «fronteras», habrá que hacerlo muchas veces como «lugar de paso», de idas y venidas de personas que no saben bien cómo situarse ante Dios o ante el misterio último de la vida.
Es fácil también observar cómo está creciendo la incultura religiosa. Las nuevas generaciones ignoran cada vez más lo cristiano, incluso como hecho histórico. Los medios de comunicación difunden una cultura indiferente y frívola donde lo religioso aparece muchas veces vinculado o incluso mezclado con lo esotérico, la astrología, las creencias ocultas, la parapsicología, el tarot o lo visionario. Hay un hecho todavía más preocupante: la vida moderna impide a muchos pensar y reflexionar. La hiperinformación mantiene a no pocos en la confusión y la niebla, sin capacidad para discernir ni optar. Bastantes no saben ni plantearse las grandes cuestiones de la existencia; no tienen palabras para hablar de la fe o de la experiencia religiosa. Lo desconocen casi todo. Tampoco es de extrañar en este clima la falta de racionalidad que se manifiesta en posturas de sincretismo fácil, adhesiones religiosas acríticas y sin fundamento razonable, crecimiento de la credulidad1S, fe en el horóscopo, el tarot, las echadoras de cartas…
En esta misma línea conviene señalar también el creciente fanatismo en algunos sectores minoritarios. Esta fe de carácter fanático aparece en un grado u otro en todos los absolutismos, integrismos, fundamentalismos, dogmatismos cerrados y rígidos, morales rigoristas y proselitismos. En buena parte es una búsqueda de refugio y seguridad en medio de la crisis y significa con frecuencia, junto con el cortejo de supersticiones y devociones interesadas, el sucedáneo de las sectas dentro de las
15 P. L. BERGER, Una gloria lejana. La búsqueda de la fe en época de credulidad. Barcelona, Herder, 1994.
instituciones religiosas. Esta fe fanática es, en el fondo, un indicio bastante claro de inseguridad y falta de auténtica fe.
Hemos de tomar también nota del crecimiento del paganismo como forma de vida16. El fenómeno es complejo, brota de diferentes raíces y requiere sin duda un análisis profundo, pero representa para no pocos una reacción contra las religiones por el exceso de sufrimiento gratuito infligido a los fieles y un modo de reaccionar ante la crisis moderna. E. Bueno de la Fuente estudia algunos síntomas: el consumismo hedonista, el culto al cuerpo, la moral del buen vivir, la sensualización de la vida, el disfrute de la noche, el fin de semana y las vacaciones… En su estudio trata de detectar, más allá de los síntomas, la efervescencia de un paganismo nuevo como «religión y visión del mundo» que se manifiesta como gozo pictórico y celebración de la vida, cultivo de la dimensión dionisíaca, exaltación de la carne o gozo jubiloso de lo sagrado.
16 E. BUENO DE LA FUENTE, España, entre el cristianismo y el paganismo. Madrid, San Pablo, 2002.
4. Algunos cambios en los cristianos
Es conveniente también tomar nota de algunos cambios que se van produciendo en aquellos que, en medio de esta crisis religiosa, se dicen cristianos. No vamos a repetir los datos delas estadísticas: descenso en la práctica dominical, alejamiento progresivo de la comunidad cristiana, crisis de la transmisión de la fe a las nuevas generaciones, descenso de vocaciones, envejecimiento del clero… Son sin duda indicadores visibles de la crisis. Solo vamos a recordar algunas tendencias negativas.
En primer lugar va creciendo la ambigüedad de la figura del cristiano. Hace unos años, el perfil de cristiano estaba claramente definido por su adhesión a la doctrina cristiana, su aceptación de la moral y la práctica cultual. Hoy todo se ha desdibujado. Basta que uno conserve una cierta religiosidad o siga vinculado a alguna devoción o sienta un cierto atractivo por la Virgen para que se siga considerando cristiano. Pero no es fácil saber cuál es el contenido de su fe: cada uno cree a su manera.
Muchos viven llenos de dudas y confusión, con preguntas que casi nunca se plantean ni aclaran debidamente. Otros prescinden tranquilamente de aspectos esenciales de la fe cristiana (se sustituye la fe en la resurrección por la fe en la reencarnación o se afirman las dos al mismo tiempo). Algo ha ido cambiando en el interior de la conciencia de los cristianos. Muchos dicen que ahora creen de otra manera. La impresión generalizada es que se cree menos y peor. La fe de muchos se va debilitando y descuidando cada vez más.
Por otra parte, los católicos no forman ya un todo homogéneo. La situación se va haciendo cada vez más compleja y diversificada. No todos extraen de la fe las mismas conclusiones de cara a sus opciones y sus comportamientos.
No todos se relacionan de la misma manera con la institución ni se sienten vinculados a ella en el mismo grado. Junto a los que alimentan y celebran su fe en la comunidad cristiana (una minoría) están los que solo esperan de ella un servicio religioso puntual, un marco ritual, solo alguna vez una referencia ética.
Lo que sí parece claro es que, por lo general, los que se dicen cristianos no difieren mucho en su estilo de vida de quienes no se reconocen como tales. Mezclados en las diversas situaciones de la vida familiar, laboral y social, comparten casi siempre actitudes, posicionamiento, intereses y valores muy semejantes. Pero, ¿qué es la vida cristiana si no es praxis de seguimiento a Jesucristo?
Está cambiando también el modo de creer. Solo señalaré algunos datos de importancia. A diferencia de lo que sucedía en tiempos pasados, la duda no es percibida como algo que está en contradicción con la fe; se puede dudar de muchos aspectos del cristianismo pero sentirse cristiano. Además son cada vez más los que no se sienten obligados a creer todo lo que enseña el magisterio de la Iglesia ni cómo lo enseña; cada uno se reserva el derecho a pensar y creer por cuenta propia; no se siente la necesidad de un alineamiento puro, simple y sistemático. Bastantes viven en tensión dentro de una comunión básica de fe.
Son cada vez más amplios los sectores que perciben a la Iglesia de manera negativa. Solo señalaré algunos aspectos. Se la considera como una institución anacrónica, preocupada por su propia conservación, replegada sobre sus propios problemas y aislada de la vida moderna, que evoluciona de manera acelerada; siempre en actitud conservadora y repetitiva, sin sentido alguno de creatividad. Un responsable de pastoral juvenil me hablaba en estos términos: «¿Cómo van a entrar los jóvenes en una Iglesia a la que perciben “vieja”, “parada” y sin novedad alguna?».
Se la considera también como una institución autoritaria, poco democrática, con métodos de gobierno de una rigidez poco evangélica. Se considera que es una institución condenadora; que no sabe reanimar la fe vacilante ni suscitar esperanza en quienes buscan a Dios; que no ofrece la imagen del Dios de la misericordia revelado en Cristo; sin la debida actitud dialogante y comprensiva; de una intransigencia moral excesiva (divorciados, homosexuales); que no defiende la dignidad y la igualdad de la mujer con el varón; que cultiva la sospecha y la desconfianza sobre quienes buscan caminos nuevos. Dicho en pocas palabras: está aumentando el número de los «decepcionados» por la Iglesia.
5. Deslizamiento hacia la indiferencia
En medio de esta situación compleja es importante tratar de ver hacia dónde nos está conduciendo en estos momentos la crisis religiosa.
De manera general se puede decir que a no pocas personas la descristianización actual las va llevando poco a poco al desinterés, el abandono, la decepción, el silencio y el olvido de algo que un día tuvo algún significado en sus vidas.
Por lo general no es frecuente entre nosotros un ateísmo fundamentado en un sistema doctrinal, por ejemplo de corte marxista, freudiano o positivista. Lo que encontramos es más bien personas que se sitúan fuera de una «comunión de fe». No se sienten ya concernidos por lo cristiano: algunos se sitúan claramente frente a lo cristiano; otros afirman sencillamente que no comparten la fe de sus padres; otros lo van abandonando casi todo, porque no han podido hacer una síntesis convincente entre su visión actual del hombre y su fe infantil; en no pocos jóvenes la cuestión de la fe ni aflora: no saben exactamente de qué se trata.
Es cada vez más frecuente entre nosotros un agnosticismo difuso caracterizado por rasgos diferentes. Encontramos un «agnosticismo religioso» elemental, poco formulado. No es que se rechace la propuesta religiosa, sino que se hace difícil «creer»: el hombre de hoy observa, duda, analiza, se interroga, razona, propone hipótesis, constata sus limitaciones, pero le cuesta cada vez más «creer». Para entender bien este «agnosticismo religioso» hemos de inscribirlo dentro de un fenómeno más amplio y profundo. Lo que hoy está en crisis no son solamente las religiones, las ideologías o las grandes causas, sino el acto mismo de «creer», es decir, el acto de comprometerse en la aceptación de una visión global. Al individuo se le hace difícil la adhesión a un mensaje que se le presente como respuesta englobante y definitiva.
En este contexto, la crisis religiosa se va deslizando hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Por lo general es una indiferencia sin hostilidad hacia lo religioso; una indiferencia tranquila, ajena a todo planteamiento sobre Dios. Pero esta indiferencia hay que situarla dentro de una indiferencia más amplia y profunda. Lo que crece es el desinterés y el escepticismo hacia las cuestiones más vitales de la existencia: ¿para qué vivir?, ¿en qué creer?, ¿por qué esperar? No interesan las grandes preguntas del ser humano, sino el vivir bien. Por eso seducen cada vez menos los «grandes relatos» y las grandes causas. Se vive un «mundo desencantado», sin causas ni ideales con mayúscula, sin «nostalgia de lo Absoluto» (G. Steiner). La condición de este sujeto indiferente se parece cada vez más al «hombre sin atributos» de Robert Musil, un ser nihilista que no quiere ni propone nada trascendente17. En realidad, la indiferencia es una forma atenuada de nihilismo.
17 R. MUSIL, El hombre sin atributos. Barcelona, Seix Barral, 2001. Véase Babelia. Suplemento cultural de El País, 6 de octubre de 2002, pp. 2-4.
Merece una atención especial la indiferencia de la juventud, caracterizada más o menos por los siguientes rasgos: falta de trasfondo religioso y memoria cristiana, alergia a la Iglesia institucional, fuerte valoración de las propias convicciones, rechazo de normas rígidas y, casi siempre, inestabilidad y relativismo grandes. Pero, ¿de qué vive la gente cuando ya no cree en los «grandes relatos» y ha abandonado las «antiguas razones de vivir»? ¿En qué se cree cuando se deja de creer? Esta es una de las preguntas de mayor interés para tratar de comprender al que nosotros llamamos «increyente».
Lo más importante desde una perspectiva evangelizadora no es tematizar sobre la descristianización, el descenso de la práctica religiosa o el alejamiento de los jóvenes, sino ahondar en la vida de la gente para preguntarnos de qué se vive y en qué se cree cuando ya no se cree en Dios ni en sus sustitutos: «la Razón, el Progreso, la Historia»18. Los individuos viven hoy de «pequeños relatos». La gente se organiza su vida y le da un sentido a su medida. Todo individuo tiene sus certezas, convicciones, compromisos, fidelidades y solidaridades: su decisión de vivir de una determinada manera. Aunque no se plantee explícitamente las grandes cuestiones de la existencia, en el fondo de toda vida hay una fe en algo, una esperanza que se proyecta hacia el futuro, una decisión de vivir que no proviene en última instancia de ninguna religión, pero tampoco de la ciencia. Son más bien fruto del dinamismo y del deseo de vivir que habita al sujeto.
18 J. M. GLE, «A propos de “croire”. Incroyances, Foi, Croyances», en Incroyance et Foi69 (1999),pp.31-36.
6. Preguntas, preocupaciones y convicciones desde la fe
Antes de seguir adelante quiero expresar algunas preguntas, preocupaciones y convicciones que han ido creciendo dentro de mí a lo largo de estos últimos años en medio de esta crisis que está sacudiendo también a nuestras comunidades cristianas.
En estos momentos en que se están produciendo cambios socioculturales sin precedentes, en la Iglesia necesitamos una renovación también sin precedentes para enfrentarnos al futuro. Si los cristianos no aprendemos a vivir y anunciar nuestra fe en la cultura secular de nuestros tiempos, el cristianismo se convertirá pronto en una religión del pasado. La fe cristiana de otros tiempos se irá diluyendo en formas religiosas cada vez más decadentes y sectarias, y cada vez más alejadas del movimiento inspirado y querido por Jesús.
Después de veinte siglos de cristianismo, ¿no necesita el corazón mismo de la Iglesia una conversión radical? Los cristianos hemos de recuperar cuanto antes nuestra identidad de discípulos y seguidores de Jesús. Esta conversión radical a Jesús es lo más importante y lo primero que hemos de impulsar en las próximas décadas. Si en la Iglesia no somos capaces de volver a Jesús para centrar nuestra fe con más verdad y más fidelidad en su persona, su mensaje y su proyecto del reino de Dios, la fe cristiana corre el riesgo de irse extinguiendo entre nosotros en los próximos años.
El futuro de la fe entre nosotros se jugará en buena parte en nuestras parroquias y comunidades cristianas. Con ser importante, lo decisivo no será la actuación de la jerarquía, que todavía en los próximos años seguirá perdiendo su poder de atracción y su credibilidad. Por otra parte, el papa Francisco podrá renovar lentamente las instancias centrales de la Iglesia, pero la Iglesia es mucho más que el Vaticano. Y el papa no puede hacer lo que es tarea nuestra. En estos momentos, la fe en nuestras parroquias y comunidades está estancada, o se está perdiendo, o comienza a renovarse. Es esta reacción lo más decisivo.
Esta renovación en las parroquias y comunidades cristianas no llegará por vía institucional: no vendrá impulsada por decretos firmados en Roma ni será fruto de planes pastorales elaborados por la Conferencia Episcopal o las curias diocesanas. La renovación que necesitamos llegará por caminos abiertos por el Espíritu de Jesús. En ese pueblo cristiano de nuestras parroquias, que vive, reza, sufre y calla, está probablemente lo mejor de la Iglesia. Ese pueblo sencillo, lo mismo que en tiempos de Jesús, no tiene problemas para acoger la Buena Noticia de un Dios amigo y salvador; no tiene tampoco problemas para vivir su fe trabajando por un mundo más justo y dichoso para todos. Es en este pueblo donde se puede iniciar e impulsar la reacción.
Es el momento de reaccionar. Dentro de veinte o treinta años, muchas parroquias se estarán cerrando. Este siglo será decisivo. La Iglesia seguirá todavía perdiendo poder de atracción. Todavía no será posible advertir una Iglesia de rostro renovado. Hemos de impulsar ahora mismo la reacción en nuestras parroquias y comunidades cristianas sin esperar más: movilizar y aunar nuestras fuerzas.
Hemos de hacerlo con confianza. Eso que los sociólogos llaman «crisis religiosa» es, al mismo tiempo, el gran «signo de los tiempos», aunque nosotros no lo sepamos todavía leer con espíritu profético. Dios está llevando a su Iglesia a una situación nueva, incluso en contra de nuestra voluntad. Dios la va despojando de poder, de prestigio y de seguridad mundana. Dentro de pocos años, la Iglesia será mucho más pequeña, más pobre y menos poderosa. Sabrá por experiencia lo que es ser perdedora y vivir marginada por la sociedad moderna.
Solo desde esa pobreza podrá aprender a dar pasos humildes hacia su conversión a Jesús y al Evangelio. En este contexto, la dimisión de Benedicto XVI y la designación del papa Francisco constituyen un signo esperanzador. El nuevo papa se ha apresurado, en su exhortación La alegría del Evangelio, a invitarnos a impulsar «una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría de Jesús» (EG 1). Francisco no piensa en una etapa triste que nos vemos forzados a recorrer para poder sobrevivir. Nos dice que hemos de impulsar esta renovación «con generosidad y valentía, sin prohibiciones ni miedos» (EG 33); sin olvidar que hemos de comunicar hoy el mensaje cristiano «desde el corazón del Evangelio», concentrando el anuncio «en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario» (EG 3 5).
Reflexión
1. ¿Somos conscientes en nuestras parroquias y comunidades de la gravedad de la crisis religiosa que sacude hoy la fe de los cristianos? ¿Nos atrevemos a afrontarla con fe y con verdad en nuestros encuentros y celebraciones o tratamos de protegernos creando un clima irreal, engañoso y artificial?
2. ¿Qué efectos negativos ha producido la fuerte descristianización en la vida y el funcionamiento de nuestras parroquias: celebraciones, iniciación a la fe, predicación, participación del pueblo cristiano? ¿Observamos hechos positivos: purificación de lo esencial, realismo, cuidado de lo importante, trato con alejados, madurez de la fe…?
3. ¿Cuál es el clima que se respira en estos momentos de cara al futuro? ¿Pasividad, desaliento, inercia, pesimismo…? ¿Recuperación de la esperanza, transmisión del mensaje de Francisco, respuesta a su llamada a una «nueva etapa evangelizadora», inicio humilde de renovación, pequeñas iniciativas (grupos de oración, lectura creyente de la Palabra, Grupos de Jesús…)?
José Antonio Pagola, Anunciar hoy a Dios como buena noticia, 1. En medio de una crisis sin precedentes, pp. 11-35.

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