HACER DISCÍPULOS DE JESÚS
Mateo describe la despedida de Jesús trazando las líneas
de fuerza que han de orientar para siempre a sus discípulos, los rasgos
que han de marcar a su Iglesia para cumplir fielmente su misión.
El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La
resurrección no los ha de llevar a olvidar lo vivido con él en Galilea.
Allí le han escuchado hablar de Dios con parábolas conmovedoras. Allí lo
han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y
acogiendo a los más olvidados. Es esto precisamente lo que han de seguir
transmitiendo.
Entre los discípulos que rodean a Jesús resucitado hay «creyentes» y
hay quienes «vacilan». El narrador es realista. Los discípulos «se
postran». Sin duda quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y
la indecisión. Tal vez están asustados, no pueden captar todo lo que
aquello significa. Mateo conoce la fe frágil de las comunidades
cristianas. Si no contaran con Jesús, pronto se apagaría.
Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y
el poder que a ellos les falta. El Resucitado ha recibido del Padre la
autoridad del Hijo de Dios con «pleno poder en el cielo y en la tierra».
Si se apoyan en él no vacilarán.
Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es
propiamente «enseñar doctrina», no es solo «anunciar al Resucitado». Sin
duda, los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos aspectos: «dar
testimonio del Resucitado», «proclamar el evangelio», «implantar
comunidades»… pero todo estará finalmente orientado a un objetivo:
«hacer discípulos» de Jesús.
Esta es nuestra misión: hacer «seguidores» de Jesús que conozcan su
mensaje, sintonicen con su proyecto, aprendan a vivir como él y
reproduzcan hoy su presencia en el mundo. Actividades tan fundamentales
como el bautismo, compromiso de adhesión a Jesús, y la enseñanza de
«todo lo mandado» por él son vías para aprender a ser sus discípulos.
Jesús les promete su presencia y ayuda constante. No estarán solos ni
desamparados. Ni aunque sean pocos. Ni aunque sean solo dos o tres.
Así es la comunidad cristiana. La fuerza del Resucitado la sostiene
con su Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir como
Jesús y desde Jesús. Él sigue vivo en sus comunidades. Sigue con
nosotros y entre nosotros curando, perdonando, acogiendo… salvando.