"Así esta el mundo amigos" (Jorge Traverso)
" Toda/os se preocupan de lo suyo, menos yo, que me ocupo de lo mío "
Leo mucho, paso todo, pratico.... nada.....
CONFIAR EN LA BONDAD DE DIOS
No me cuesta nada comprender a estas personas. Dialogando con alguna de ellas he recordado más de una vez aquellas certeras palabras del patriarca Máximos IV durante el Concilio: «Yo tampoco creo en el dios en que los ateos no creen». En realidad, el dios que algunos han suprimido de sus vidas es una caricatura que se han formado falsamente de él. Si han vaciado su alma de ese «dios falso», ¿no será para dejar sitio algún día al Dios verdadero?
Pero ¿cómo puede hoy una persona encontrarse con Dios? Si se acerca a los que nos decimos creyentes, es fácil que nos encuentre rezando, no al Dios verdadero, sino a un pequeño ídolo sobre el que proyectamos nuestros intereses, miedos y obsesiones. Un Dios del que pretendemos apropiarnos y al que intentamos utilizar para nuestro provecho, olvidando su inmensa e incomprensible bondad con todos.
Jesús rompe todos nuestros esquemas cuando nos presenta en la parábola del «señor de la viña» a ese Dios que «da a todos su denario», lo merezcan o no, y dice así a los que protestan: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».
Dios es bueno con todos, lo merezcan o no, sean creyentes o ateos. Su bondad misteriosa está más allá de la fe de los creyentes y de la increencia de los ateos.
Lo que hemos de hacer es olvidarnos de nuestros esquemas, hacer silencio en nuestro interior, escuchar hasta el fondo la vida que palpita en nosotros… y esperar, confiar, dejar abierto nuestro ser. Dios no se oculta indefinidamente a quien lo busca con sincero corazón. José Antonio Pagola
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: « Vayan también ustedes a mi viña, y les pagaré lo debido.» Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: «¿Cómo es que están aquí el día entero sin trabajar?» Le respondieron: «Nadie nos ha contratado.» Él les dijo: «Vayan también ustedes a mi viña.» Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.» Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.» Él replicó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.» Palabra del Señor
Veo que hay un abismo entre la postura de los obispos alemanes en relación con los grupos de la ultraderecha y la de los obispos españoles.
El presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, Heiner Wilmer, ha advertido de que el proyecto político de Alternativa para Alemania (AfD) amenaza principios fundamentales tanto para la democracia como para el cristianismo.
"Los inmigrantes no son una molestia”, ha dicho.
“Los cristianos defienden el amor al prójimo y la dignidad humana, especialmente la de los miembros más vulnerables de la sociedad”, ha señalado. “No hay alternativa, ni en Alemania ni en ningún otro lugar”.
El obispo de Magdeburgo, Gerhard Feige, se muestra tajante al afirmar que no existe absolutamente ningún punto en común entre el mapa mental de la extrema derecha y el de la Iglesia católica.
Feige sostiene que las ideas de la AfD chocan con los principios cristianos fundamentales, especialmente en lo relativo a la dignidad humana y la acogida de personas vulnerables.
La Conferencia Episcopal Alemana declaró oficialmente a la AfD como una formación "inelegible" para los cristianos
Redacción Zenit
Bernard Arnault, presidente y director ejecutivo de LVMH y uno de los hombres más ricos de Europa, se reunió con el Papa junto a miembros de su familia el 25 de agosto en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo. Arnault describió posteriormente el encuentro como una bendición y compartió públicamente fotografías de la reunión
Gracias Rosa por poner las cosas en su lugar desde este rincón del SUR, que también existe.-
“¡Pobre compadre Juan Miguel, la vida que le ha tocado! Qué perro destino el suyo, que nadie se acuerde d él…” Letra deYamandú Palacios, cantada por Alfredo Zitarrosa
Gustavo Gutiérrez mantuvo hasta el final la interrogante, “¿dónde dormirán los pobres esta noche?” La pregunta sigue resonando cada noche, especialmente de invierno. Hay otras preguntas inquietantes: quién escucha, quién mira a los ojos, quién sabe el nombre del pobre, quién ve el trabajo del pobre. Normalmente son invisibilizados o silenciados por la anestesia colectiva o, por la aporofobia, término acuñado por la filósofa española Adela Cortina.
El lunes no encontré asientos libres al tomar un coche de transporte público en una periferia de Montevideo, al rato se desocuparon simultáneamente dos. En uno estaba un hombre bien vestido, formal, como para ir a trabajar a una oficina. En el otro un hombre vestido muy pobremente y desabrigado; sobrio, pero con evidentes signos de alcoholismo. Prolija y perfumada, dudé un instante y elegí sentarme con el último, pidiéndole el permiso correspondiente.
Poco después, me preguntó la hora -13.30, 1 y media, respondí-. Agradeció mucho, porque “no siempre me responden” y ese fue el inicio del diálogo o de su monólogo.
No supe su nombre, pero sí escuché atentamente sus frases torpes, entrecortadas, con diversos y dispersos relatos. Los pobres, en muchas circunstancias no sólo se conviertan en analfabetos por desuso, sino también casi en afásicos, por no hablar. ¡Por no tener quien los escuche!
Me contó -o se contó- mucho en breve tiempo. Necesitaba ser escuchado, no importaba por quién, o, quizá, escuchar su propia voz. Había estado varias veces internado, incluso en CTI, del que salió un 24 de diciembre. Ahí se mal hizo una torpe señal de la cruz agradecido. Antes de sentarme a su lado, ya me había parecido ver que la hacía, pero no había ninguna iglesia ni cortejo fúnebre, seguramente la había trazado ante un recuerdo o una imagen en su cabeza entreverada.
En ese tiempo su señora esperaba una niña y él quiso -y ella aceptó- que se llamara Milagros. Milagros Morena, vivían en la Blanqueada. ¿Morena sería el apellido, o Morena por contraste con Blanqueada? En el trayecto varias veces mencionó a su hija que ya tenía dieciocho años.
Otros relatos versaban sobre un cuñado que era cantante de un conjunto musical tropical, famoso, según decía, cantaban en muchos boliches, ganaba bien, tenía coche de alta gama, le regalaba ropa. “Yo perdí mucha ropa”, dijo, quizá para explicar su buzo tan viejo y en mal estado. ¿Viviría en situación de calle? Me pareció eso.
Sus relatos no eran cronológicos, intentó balbucear varias letras de las canciones que cantaba su cuñado famoso, no me quedó claro si él componía algunas. Se notaba el esfuerzo por buscar en su memoria aquellos versos.
No sabía por qué su señora lo había dejado, más bien lo había echado. Ese no saber le dolía aún, lo reiteraba, al igual que nombraba a Milagros. De pronto, dijo “permiso” y se bajó apresurado.
No supe su nombre. ¿Quién llamará por su nombre a los pobres? Me miraba solo cuando quedaba en blanco, hurgando en su memoria entorpecida, pero sabía que yo estaba allí mirándolo.
Sucedió misteriosamente este encuentro y en forma muy semejante al diálogo con “el Rengo”, en otro ómnibus hace tantos años. No pude menos que recordar aquella escena que me marcó tanto. También recordé “La tristeza”, el cuento de Antón Chéjov. El viejo cochero, sumido en un gran dolor, no encontró a nadie que lo escuchara, al final su enorme tristeza se la contó a los caballos.
El viernes asistí a un velatorio en otro barrio periférico de la ciudad. Siempre que vemos un cadáver recordamos que vamos a morir, todos, sin importar ideas, religión, ni cuánto hayamos trabajado. La religiosa fallecida con ochenta y dos años seguía trabajando. Otro asumirá sus desvelos, quizá sin desvelarse, y lo mismo sucederá, sin duda, a nuestra muerte. ¿Por qué nos afanamos tanto?, ya sea en fines nobles como un colegio o en acumular poder y riqueza a expensas de guerras y desmanes…
La vida es curiosa, pícara. En medio de la Misa, en plena consagración, para mi gusto demasiado formal, casi teatral, hace aparición en escena un pequeñísimo ratón que circuló entre los presentes. ¿Un guiño, una broma de Dios? Quizá un ubicarnos en nuestra pequeñez de “humanitos” y hacernos reír -asustándonos- de nuestras ínfulas de señoras y señores “reyes de la creación”.
Tras esta digresión, ya vuelvo a los pobres y a las preguntas iniciales, ¿vemos a los pobres, vemos sus trabajos? No pocos andan por el mundo diciendo que “los pobres son vagos, no trabajan, por eso son pobres”. Al salir del velatorio hice caminando algunas cuadres, observando con pena aquel barrio de casas pequeñas pero muy prolijas, construidas hace cincuenta o setenta años, para la típica familia de cuatro personas, y que ahora está “venido a menos” con basurales y descuido general.
De pronto veo a pocos metros una persona metida dentro de un contenedor de basura, sobre la calle un carrito ya cargado y a su lado una bolsa inmensa, creo que hecha a propósito de que en ella quepa mucho. El hombre muy joven y muy delgado sale, acaba de llenar esa bolsa y con evidente esfuerzo la sube a la carga que ya estaba sobre el carrito. No tenía caballo, sería tirado a tracción humana, ¿cuánto pesaría aquella carga que sobrepasaba el metro y medio de altura? Recordé la canción que cantaba Zitarrosa: Coplas al compadre Juan Miguel, citada al inicio.
¿Qué tenía yo para ofrecerle? Nada me pidió, pero necesitaba darle algo. Encontré la mirada y el saludo y se lo ofrecí. Lo miré directo al rostro y le dije “Buenos días, vecino”. Me respondió de igual modo “Buenos días, vecina”. Hubo en ese cruce de saludos mucho respeto y creo que algo más.
No lo miré como “hurgador”, sino como “trabajador”, como “clasificador”, nombre que lograron darse hace cuarenta años los vecinos del Padre Cacho, subrayando la contribución a la sociedad y al cuidado de la casa común. Lo miré admirada por su trabajo y agradecida, le auguré más que buen día. Agradecido también me miró y saludó él. Mucha gente no los mira, les teme o los desprecia.
Pocos después vi a otro hombre con otro carrito y herramientas para cortar el pasto. Al llegar a la avenida importante del barrio se oían muchas voces, se veía mucho movimiento: los vendedores informales -esos que no tienen derechos sociales- ocupaban las veredas con sus mercaderías. Pensé: ¡vaya si los pobres trabajan y cuánto! ¿Qué colirio necesitamos para verlos?
Cuando en 1964, con Paulo VI, los papas comenzaron a recorrer el planeta, el mundo católico, y no sólo él, fueron acostumbrándose a una sucesión de ritos. Así, cada viaje recorre ruedas de prensa en los aviones, besos a la tierra visitada, encuentros con el clero y sus aledaños, reuniones con las autoridades políticas, misas multitudinarias en estadios, santuarios o plazas, celebraciones con la juventud… Si alguien quiere ver a un papa con algo en la cabeza que no sea el solideo o la mitra, puede mirar las fotos de sus viajes, donde suelen lucir los más variados tocados (en el Vaticano serían mal vistos por la curia romana…).
Todo ello forma parte del territorio conocido. Y entre el 8 y el 11 de noviembre próximo veremos su condensación y/o su resumen adaptado a nuestro país.
Pero hay zonas rodeadas de incertidumbres. Y, depende para quienes, de temores.
Desde el retorno de la democracia, nos encontramos con el gobierno que estableció la relación más distante con la Iglesia Católica y su conducción episcopal. Distancia que no tiene que ver con la prescindencia de una impronta laicista, como podía ocurrir con Raúl Alfonsín, sino con la impostación del liberalismo asumido por el actual gobierno que ve en cualquier cuestionamiento ético una intromisión en la libertad del mercado, fetiche en nombre del cual hoy se sacrifica el futuro de la sociedad.
Incertidumbres y temores. Porque la llegada de un papa oscila entre la visita de un jefe de Estado –el Vaticano– y la visita del obispo de la diócesis –Roma– que preside la unidad de todas las iglesias locales del orbe católico. Esta dualidad ha sido siempre fruto de tensiones, agudizadas cuando las relaciones entre el poder político y las autoridades eclesiásticas de un país están esmeriladas.
¿Podrá León XIV callar aquí su posicionamiento universal sobre la justicia social? ¿Podrá obviar a un episcopado que, aunque no ha sido frontal, mantiene de hecho un creciente cuestionamiento al rumbo que la política social y económica toma en nuestro país? Quien viene sosteniendo el “desarme” de las palabras, ¿podrá permanecer indiferente ante el agravio y el insulto convertidos en armas políticas cotidianas? Su cercanía a las y los pobres, migrantes, sufrientes, discapacitados ¿no será una bofetada al desprecio hacia todos ellos, que se ha convertido en política de Estado?
Un país gobernado por quien eligió la figura del león como emblema de la agresividad y la depredación se encuentra con un papa que eligió llamarse León como actualización de aquel otro que inició el camino para recentrar a la justicia social en la enseñanza y la praxis de innumerables cristianos.
La preocupación ecológica, el cuidado de la casa común enfatizado por Francisco y continuado por el propio León, ¿tendrá algo que decir ante la negación del cambio global y las leyes que mercantilizan nuestras tierras? Un gobierno que frente a las multitudes sólo dispone de vallas o de represión, ¿cómo manejará la oportunidad que sin duda se abrirá para quienes con frecuencia manifiestan en las calles su cada vez mayor malestar con las políticas vigentes?
Y la propia conducción episcopal, ¿podrá hacerse cargo de lo que espontánea e inevitablemente ocurra, más allá de los límites establecidos por el protocolo y las previsiones? Y en otro orden, ¿qué fotografías devolverá la visita papal –en comparación con las precedentes– como reflejo de los cambios producidos en la conformación religiosa de nuestra sociedad? ¿Y qué lecturas harán de ello los distintos actores del catolicismo argentino?
Un país gobernado por quien eligió la figura del león como emblema de la agresividad y la depredación se encuentra con un papa que eligió llamarse León como actualización de aquel otro que inició el camino para recentrar a la justicia social en la enseñanza y la praxis de innumerables cristianos.
Sólo el tiempo nos hará conocer lo que por ahora permanece indescifrable.
Sí. Hic sunt leones…
Dm Pedro Casaldáliga c.m.f.