DIOS ES PARA GENTE SENCILLA..........
Fue hace muchos años, en L’École Biblique de Jerusalén, un
maestro de exégesis nos iniciaba en el difícil arte de desentrañar el
evangelio de Mateo. Todo parecía poco para captar el sentido último del
texto: crítica textual, análisis literario, estructura del pasaje. Un
día llegamos a esos versículos en los que Jesús exclama: «Te doy
gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas
cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».
El profesor hizo un largo silencio. Después nos dijo muy despacio: «No
olviden nunca estas palabras. Todo lo demás lo pueden olvidar» . Fue
probablemente la mejor lección de exégesis que he recibido nunca. Luego,
a lo largo de los años, he podido ver que es así.
Siempre que he tenido la impresión de estar junto a una persona
cercana a Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una persona
sin grandes conocimientos, otras alguien de notable cultura, pero
siempre un hombre o mujer de alma humilde y limpia.
En más de una ocasión he podido comprobar que no basta hablar de Dios
para que se despierte la fe. Para mucha gente, ciertos conceptos
religiosos están muy gastados, y aunque uno trate de sacarles todo el
vigor y sabor que tuvieron en su origen, Dios sigue como «fosilizado» en
sus conciencias. Sin embargo, me he encontrado con gentes sencillas que
no parecen necesitar grandes ideas ni razonamientos. Intuyen enseguida
que Dios es «un Dios oculto», y de su corazón nace espontánea una
invocación: «Señor, muéstrame tu rostro».
Me he encontrado también con personas que se mueven siempre en el
terreno de lo útil. Algunas abandonan a Dios porque les resulta
perfectamente inútil; otras le retienen y dan culto porque les sirve.
Sin embargo, he podido conocer a gentes sencillas que viven dando
gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la vida, soportan con paciencia
los males; saben vivir y hacer vivir. No sé cómo lo logran, pero de su
corazón parece estar siempre brotando la alabanza al Creador. Su vida es
un acierto.
He expuesto muchas veces temas religiosos y he hablado de Dios ante
gentes muy diversas. En ocasiones me he encontrado con personas que
planteaban preguntas y más preguntas sobre toda clase de cuestiones
teológicas, sin mostrar el menor interés por encontrarse con Dios. Pero
he visto también a gente sencilla cuyos ojos brillaban de forma especial
cuando yo leía textos como este del profeta Isaías: «Yo soy el Señor,
tu Dios… Tú eres de gran precio a mis ojos, eres valioso y yo te quiero…
No temas, que estoy contigo» (Isaías 43,4); o cuando pronunciaba el
Salmo 103: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente
ternura el Señor por quienes le temen. Pues él sabe de qué estamos
hechos, se acuerda de que somos barro» (Salmo 103,13-14). Sí, Dios se
revela a gente sencilla.