A lo largo de la historia han surgido muchas tentativas de comprender este trágico fenómeno. Ninguna de ellas le ha dado una respuesta convincente, ni Tomás de Aquino, ni S. Freud, ni R. Girard, ni el cristianismo con su doctrina del pecado original. Nadie. Y la violencia está presente en todo.
Acompáñenme en esta reflexión. Nacimos en el interior de una explosión violentamente inimaginable, el Big Bang, supuestamente ocurrido hace 13,7 mil millones de años. Le siguió enseguida algo absolutamente misterioso, el choque tremendo entre la materia y la antimateria. Casi se aniquilaron mutuamente. Quedó solo,1 seguido de 9 ceros de materia. De ese mínimo del mínimo surgió el inmenso universo sobre nuestras cabezas con miles de millones de galaxias, trillones de estrellas y otros innumerables cuerpos celestes.
Los cosmólogos y astrofísicos nos afirman que la evolución existe en función de poner orden en ese caos violento primordial, haciendo surgir órdenes cada vez más complejas y entre ellas la nuestra, la más alta, como seres humanos inteligentes, hombres y mujeres. Imaginen una galaxia con sus miles de millones de estrellas engullendo a otra galaxia: ¿cómo sería su estruendo?
Lo trágico de todo esto es que la violencia continúa en el universo, dentro de cada estrella o planeta y dentro de cada uno de nosotros. Por eso somos llamados de dementes (demens) y simultáneamente de sapientes (sapiens). Ora predomina la dimensión demente. Creo que estamos dentro de ella representada por la plataforma de IA Palantir, que abiertamente asume una concepción negativa del ser humano como esencialmente violento y que debe ser controlado y limitado en su libertad. Ora predomina la porción sapiente que permite tiempos de paz y prosperidad, desarrollo de los varios saberes, del económico y del social compartidos y todo tipo de artes. Nótese, aun así el lado demens está ahí, aunque bajo el control de la sapiens, pues siempre conviven.
En Brasil la violencia de las varias facciones desafía al Estado de Derecho y a las Leyes, dominando con brutalidad y muerte regiones enteras de ciudades como Río de Janeiro. Todos los candidatos proclaman que van a exterminarla pero no dicen por qué medios. Y el Estado y los órganos de seguridad siempre llegan tarde.
Seguramente la violencia en Brasil posee muchas causas ya analizadas con minuciosidad por muchos. A decir verdad ni siquiera deberíamos decir que aquí ocurre violencia. La violencia es estructural en la formación de nuestra sociedad. Fuimos construidos sobre un fundamento de violencia que fue el proceso de dizimación de muchos pueblos originarios. Violenta fue la colonización. Impusieron al Brasil el modo de vida de los europeos, nos obligaron a hablar su lengua, a imitar sus instituciones, a asumir la misma religión cristiana y a someternos a los capitanes-donatarios.
Violentísima fue la esclavitud en Brasil, trayendo cerca de 4,9 millones de personas africanas y aquí violentamente hechas esclavas. Al llegar a Bahía recibían los primeros tres Ps: pan para no morir de hambre, palo: una violenta paliza para que aprendieran enseguida a someterse y, por fin, el paño para cubrir sus vergüenzas, pues normalmente viajaban desnudos en los barcos negreros. L. Gomes en sus tres volúmenes *Esclavitud* (2019ss) lo mostró.
En una palabra, las vidas de los esclavizados fueron transformadas en carbón para el proceso productivo, como solía decir el indignado y saudoso Darcy Ribeiro.
Violenta es la forma como el pueblo comúnmente es tratado, especialmente por la élite del atraso, siempre considerado jeca-tatu, joão-ninguém, zé-povinho cuya relación primera con él es el grito o la cachiporra.
Bien lo constató A. Chomsky: “Raramente he visto un país donde la élite tiene tanto desprecio por los pobres como Brasil”.
Pero hay una violencia que, en verdad, es antiviolencia, nacida de un sentimiento: la revuelta ante la contradicción existente entre las grandes mayorías que viven en una miseria desoladora y las minorías que disfrutan de una opulencia indecente. Quien circula por las inmensas periferias de nuestras ciudades y luego llega al centro o a los barrios llamados nobles constata esta laceración, anterior a cualquier juicio ético o político.
La primera reacción es: ¿Cómo pueden estas poblaciones vivir, toda una vida, en condiciones tan infrahumanas? ¿Lo merecen? ¿Cómo pueden los niños andar por ahí, semidesnudos, panzudos, jóvenes con sus 15-17 años empinando cometas al cielo, los ni-ni, hombres de mediana edad sentados en las plazuelas sin hacer absolutamente nada porque están hace mucho tiempo desempleados? Lo que más duele es ver niñas de 12 y 13 años abordando a los transeúntes: “tío, tío, ¿vamos a hacer el amor? Es solo por 5 reales… yo sé hacer todo lo que le gusta al hombre”. A veces es el único dinero que sostiene a la familia.
Y por otro lado, ¿cómo pueden vivir estos de buena vida, bien alimentados, bien abrigados, bien estudiados y bien provistos de cuentas en los bancos, cómo pueden vivir humana y éticamente en medio de tanta contradicción?
En este momento intuimos, entre indignación y desánimo, que la desigualdad es peor que la pobreza. Es simplemente inaceptable, por demasiado irracional. La razón es: Si estas clases acomodadas y el Estado detrás del cual se esconden, en vez de gastar millones cada año en seguridad policial, en muros, en circuitos internos de TV, en guardias privados, en carros blindados, en viajes al exterior, los gastaran, en parte, en proyectos de educación, salud, profesionalización, creación de centros comunitarios, cooperativas de construcción de casas, lugares de esparcimiento y arte, habríamos resuelto en gran parte el problema social. Y todos gozaríamos de paz, podríamos andar de noche por ahí, sin miedo de ser asaltados e incluso muertos.
Pensemos en términos globales. Si las potencias militaristas al frente de ellas los EE.UU. dejaran de gastar anualmente trillones de dólares en armas de muerte para las guerras que apoyan en Israel, en Ucrania y en Irán resolvieran tener un mínimo de sentimiento y ser un poco más racionales e invirtieran en los seres humanos entonces podrían garantizar comida, salud, casa y trabajo a cada habitante de este planeta. Habríamos creado las precondiciones para una paz duradera entre todos los pueblos, el sueño de Kant.
Ocurre que cada vez más personas de las comunidades periféricas empobrecidas despiertan y no aceptan más esta contradicción. Pasan a la violencia que es antiviolencia, como forma de venganza y de solución individual para el problema social. Mantenido el tipo de economía dominante, incluso bajo la administración del presidente Lula, con su cuidado de los desposeídos, aun así continúa la violencia porque su causa no ha sido destruida. Hay el riesgo de la rebelión de las masas de las que hablaba Ortega y Gasset aún en los años 40. Ella nos conduciría a la barbarie que no perdonaría a nuestros hijos y nietos y no a otro tipo de sociedad menos violenta porque más igualitaria.
Pero vendrá el tiempo en que la justicia prevalecerá porque lo que debe ser tiene fuerza y la causa es invencible.