HOY 19 HORAS
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Invitan parr de La Sta Cruz C. P. Buenos Aires, Alicia DeSa.
“Nada te turbe, nada te espante todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios, basta.” Santa Teresa de Ávila
“No nos bañamos dos veces en un mismo río”
Aforismo de Heráclito de Efeso
Todo pasa. También cuando no quisiéramos que pasara, pasa. El tiempo no se detiene, no podemos retener situaciones, personas... Aquello de Fausto “detente minuto, eres tan bello”, es imposible. Muchas veces es motivo de acción de gracias, otras no es tan fácil asumir que todo pasa.
En el artículo anterior compartíamos sobre el tiempo que tardan los cardones en crecer y florecer: mucho tiempo, cincuenta años, pero “pasan”. También los embarazos humanos con sus nueve largos meses de espera, temores y sueños, pasan. Luego la infancia de nuestros niños pasa demasiado rápido y nos queda la nostalgia de ese tiempo, mezclada con las ansiedades por sus nuevas etapas. Que, asimismo, pasarán.
Entre tanto, fluyen los acontecimientos como los colores que vemos en un caleidoscopio, encuentros y pérdidas, inesperados unos y otras, con sus consiguientes entusiasmos y duelos. Que también pasan. Asombra que aquello que nos cautivó, lo que en cierto momento nos apasionaba, pase, que los intereses se muden por otros. A su vez, conmueve que los duelos pasen, pero tenemos la experiencia de que pasan, tanto a nivel personal como a nivel comunitario.
Se trata de “Vivir a tiempo”, como tituló a su primer libro el sacerdote y querido amigo Pablo Peralta. Todo, todo pasa: se trata de saber abrazar y saber soltar a tiempo, saboreando y agradeciendo todo lo que llega y lo que se va de nuestras vidas con grandeza de alma . De vivir atentos a “la hora”, como Jesús.
Cuando las experiencias de pérdidas y mutilaciones son muy fuertes, traumáticas, como aquellas que son fruto de la violencia, las guerras, terremotos o tsunamis devastadores, procesarlas lleva mucho tiempo, a veces varias generaciones, pero pasan. Las personas, las familias, se reconstruyen o reconfiguran y siguen. Vuelven a trabajar, reír y jugar juntos, los que quedan. También los pueblos se rehacen, asumiendo y cultivando la memoria colectiva. La historia no se detiene.
Todo pasa, pero no en vano, no sin dejar huellas. El poeta Antonio Machado, afirma en uno de sus poemas más conocidos: “todo pasa y todo queda”. Y tantos siglos antes el filósofo griego Heráclito, decía que el río es y no es el mismo río y nosotros somos y no somos los mismos, por eso sentenciaba en su famoso aforismo que jamás nos bañamos dos veces en un mismo río.
¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? Son preguntas que solemos formularnos no en las buenas, sino en las malas, no en los encuentros fecundos, sino en los desencuentros, en las pérdidas.
“Los viejos” con su sabiduría nos invitan a confiar en el trabajo del tiempo “que lo cura todo”. Pero también, creo, que se trata de agradecer lo vivido -cultivar la memoria agradecida por tanto bien recibido- y saber acoger lo nuevo que llega a nuestras vidas. Lo nuevo no será igual que lo roto o lo perdido, que es irrepetible, será diferente.
De la física se tomó y trasladó a la psicología -y por qué no a la espiritualidad- el concepto de resiliencia. Un término nuevo, que nombra algo que las personas y las comunidades ya vivían, pero es valioso poder nombrar. Las personas, las familias, los pueblos, son capaces de resiliencia, es decir de recuperar “la forma”, más exactamente la vitalidad, para volver a creer y volver a empezar. Quizá desde los cimientos, “desde Galilea”, como los discípulos trastornados por la muerte del Maestro.
De encontrar, de perder, de “duelar”, y de seguir encontrando sentidos, se trata la vida. En suma, de ir aprendiendo -con contradicciones y dolor- el duro trabajo de seguir acogiendo la vida, que se ofrece siempre efímera y siempre nueva, de ahí la necesidad de vivir a tiempo y con confianza. Los cristianos creemos que el Espíritu sigue alentando la vida y la esperanza. Siempre.
A modo de aterrizar esta rumia, este discurso un tanto recurrente, citaré la reciente película italiana “Gioia mia, un verano en Sicilia”, escrita y dirigida por Margherita Spampinato.
Los protagonistas son un niño y su tía abuela, con quien el chico debe quedarse un verano, mientras sus padres trabajan y su niñera Violeta, a la que amaba, no puede ocuparse de él porque se va a casar. El encuentro de dos generaciones y culturas tan diferentes no fue bueno, ni fácil, pero Cela y Nico llegan a una relación hermosa y madura. La película es muy hermosa, con esos rasgos del sur italiano: rostros arrugados, cuerpos “normales” no normados, casonas grandes y misteriosas. El niño es de otro contexto, lleva otros hábitos, pero es capaz de afrontar los desencuentros iniciales con esa anciana “rara”, el duelo primero por Violeta y luego por el desencuentro con su nueva amiga Rosa... Pero sobre todo es capaz de aprender una forma de vida nueva que lo abre a valores y mundos desconocidos, al punto de ser él quien ayude a Cela a superar duelos antiguos y nuevos.
La película es un canto a la vida, al convivir con las diferencias. Un canto a la esperanza, al volver a empezar. Esboza varias cuestiones dignas de analizar, en lo personal, me llegó mucho como se aborda el tema del duelo y del “duelar”. La cultura actual de la velocidad niega a las personas y a las comunidades la posibilidad del duelo ante un fracaso o una gran pérdida, una muerte.
En Gioia mía se ve también que todo pasa. Pero allí son importantes el tiempo, los ritos, el ritmo cotidiano, el esperar pacientemente que el duelo pase, confiando en que gane la vida. Y gana. No digo más, creo que ya es suficiente para que deseen ver la película.
Todo pasa. Contra esta afirmación tan radical, seguramente recordarán la de San Pablo a los cristianos de Corinto: “¡el amor nunca pasará!” Es Palabra de Dios, el amor de Dios, que es amar, nunca pasará. El amor humano pasa, al menos se muda, al decir de la santa de Ávila, cambia, pero, cuando es fiel, se recrea. Lo demás, sin duda, pasa, pasan los gobiernos buenos y malos, se caen los imperios, pasan las generaciones…
Pasaremos también nosotros “haciendo caminos sobre la mar”, y, sin embargo, no habrá sido en vano, si vivimos a tiempo y con sentido ese pasar dejando huellas o apenas “estelas en la mar”.
Nada nos turbe, tampoco el pasar, Dios no se muda.
3 de agosto 2026, día que quedará marcado indeleblemente en nuestra Ceb. SanFelipeySantiago; ha partido a la Casa del Padre, nuestro querido hermano, compañero Gabriel Retamoso. Irene a librado una dura batalla por largo tiempo. Con indisimulado dolor humano les acompañamos; con la certeza de su encuentro con el Dios de la vida eterna.
A Irene, hija/os, nieta/os, bisnieta/os nuestro abrazo fraterno en este momento de consternación, en la seguridad de nuestro apoyo respetuoso, humilde, sincero a Irene en la etapa a transitar.
Ceb. SanFelipeySantiago
El Blog de Juan Cejudo
Mucho se está hablando y escribiendo estos días sobre la llegada masiva de inmigrantes a Ceuta.
Grupos ultraderechistas hablan de «invasión», cuando esa palabra tiene un componente bélico. Lamentablemente también hablan en estos términos medios de la Iglesia como Cope o la Trece TV. Rusia invadió Ucrania y mantiene allí un clima bélico; EEUU ha invadido numerosos países con conflictos bélicos. Israel invade Palestina en la zona de Gaza y Cisjordania, también Líbano, provocando desolación y muerte por sus bombardeos. Ver noticia original en …
Oración para comenzar el encuentro.-
Jorge Alonso 2024.-
BUSCAR A DIOS
Casi sin darnos cuenta y empujados por diversos factores, hemos ido deshumanizando poco a poco ese gesto tan entrañable y humano que es sentarse a la mesa a comer juntos.
La comida se ha convertido para muchos en algo puramente funcional que es necesario organizar de manera rápida y precisa dentro de la jornada laboral. Cada vez es más raro ese momento privilegiado de encuentro familiar en torno a la mesa. En muchos hogares, esa mesa hecha para ser rodeada ya no sirve para que padres e hijos se encuentren, compartan sus vidas, conversen y descansen juntos.
Otros se van habituando a «alimentar su organismo» en esas comidas impersonales de los restaurantes o en el rincón del self-service de turno. No pocos se ven obligados a participar en comidas protocolarias o de trabajo, donde el gesto amistoso del comer juntos es sustituido por el interés, el pragmatismo o la ostentación.
El gesto de Jesús invitando a las gentes a recostarse para compartir juntos una comida sencilla, bendiciendo a Dios por el pan que recibimos, puede ser una llamada para nosotros. Como expone jugosamente Xabier Basurko en su estudio Compartir el pan, comer es mucho más que «introducir una determinada ración de calorías en el organismo».
La necesidad de alimentarnos es, antes que nada, signo de nuestra indigencia radical. Oscuramente, los seres humanos percibimos que no nos fundamentamos a nosotros mismos. En realidad, vivimos recibiendo, nutriéndonos de una vida que, a través de la tierra, se nos regala día a día a cada uno. Por eso es un gesto profundamente humano recogerse antes de comer para agradecer a Dios esos alimentos, fruto del esfuerzo y trabajo del hombre, pero, al mismo tiempo, regalo originario del Dios creador que sustenta la vida.
Pero, además, comer no es solo un acto individualista de carácter biológico. El ser humano está hecho para comer con otros, compartiendo su mesa con familiares y amigos. Comer juntos es confraternizar, dialogar, crecer en amistad, compartir el regalo de la vida.
Por eso es tan difícil dar gracias a Dios cuando uno tiene más comida que la que necesita mientras otros sufren miseria y hambre. Nos sentimos acusados por aquellas palabras de Gandhi: «Todo lo que comes sin necesidad lo estás robando al estómago de los pobres». Tal vez en los países del bienestar hemos de aprender a bendecir la mesa de otra manera: dando gracias a Dios, pero, al mismo tiempo, pidiendo perdón por nuestra insolidaridad y tomando conciencia de nuestra responsabilidad ante los hambrientos de la Tierra.
La Iglesia no puede ser creíble si no está dispuesta a dejarse purificar por el mismo Evangelio. La verdad puede ser dolorosa, pero solo la verdad libera. Reconocer los errores no debilita a la comunidad; la hace más honesta. Pedir perdón no es una estrategia de comunicación; es una exigencia de la conversión cristiana. Y establecer mecanismos de prevención, transparencia y rendición de cuentas no es desconfiar de las personas, sino amarlas lo suficiente como para protegerlas.
También conviene evitar otro extremo:
identificar a toda la Iglesia con los crímenes de algunos de sus miembros. (en este momento un clérigo vive una situación muy engorrosa , creemos debe dar un paso al costado en sus actividades hasta que se dilucide su situación)
Miles de sacerdotes, religiosos y laicos
viven cada día una entrega generosa, discreta y fiel.....