NO SABEMOS SABOREAR LA FE
Tal vez, una de las
mayores desgracias del cristianismo contemporáneo es la
falta de «experiencia religiosa».
Son muchos los que se
dicen cristianos y, sin embargo, no saben lo que es
disfrutar de su fe, sentirse a gusto con Dios y vivir
saboreando su adhesión a Jesús.
¿Cómo se puede ser
creyente sin gozar nunca del amor acogedor de Dios?
El desarrollo de una
teología de carácter marcadamente racional y la importancia
que se le ha dado en Occidente a la formulación conceptual
ha llevado con frecuencia a entender y vivir la fe como una
«adhesión doctrinal» a Jesucristo.
Bastantes cristianos
«creen cosas» acerca de Jesús, pero no saben comunicarse
gozosamente con él.
Algo parecido sucede a
veces en la celebración litúrgica. Se observan correctamente
los ritos externos y se pronuncian palabras hermosas, pero
todo parece acontecer «fuera» de las personas.
Se canta con los
labios, pero el corazón está ausente. Se recibe el Cuerpo
del Señor, pero no se produce una comunicación viva con él.
Es significativo también
lo que sucede con la lectura de la Biblia. Los avances de la
exégesis moderna nos han permitido conocer como nunca la
composición de los libros sagrados, los géneros literarios o
la estructura de los evangelios.
Sin embargo, no hemos
aprendido a saborear el evangelio de Jesús.
Todo esto produce una
sensación extraña. Se diría que nos estamos moviendo en la
«epidermis de la fe». En la Iglesia no faltan palabras ni
sacramentos.
Se predica todos los
domingos. Se celebra la eucaristía. También hay
bautizos, primeras comuniones y confirmaciones. Pero falta
«algo», y no es fácil decir exactamente qué. Esto no es lo
que vivieron los primeros creyentes.
Necesitamos una
experiencia nueva del Espíritu que nos haga vivir por dentro
y nos enseñe a «sentir y gustar de las cosas internamente»,
como decía Ignacio de Loyola.
Nos falta gustar lo que
decimos creer; saborear en nosotros la presencia callada
pero real de Dios. Nos falta espontaneidad con él, confianza
gozosa en su amor.
Esta experiencia de Dios
no es fruto de nuestros esfuerzos y trabajos. Al Espíritu
hay que «hacerle sitio» en la vida y en el corazón, en
nuestras celebraciones y en la comunidad cristiana.
La Iglesia de
nuestros días ha de escuchar también hoy las palabras de
Jesús a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios...».
Solo cuando se abre a
la acción del Espíritu descubre el creyente esa agua
prometida por Jesús, que se convierte dentro de nosotros en
«manantial que salta hasta la vida eterna».
Asistiremos a un protocolo clerical. Los que en su momento lo ningunearon le rendirán honores.
EL SEÑOR LO SABE TODO.
Dn Luís se acabó la lucha descansa en La Casa del Padre
Ceb. SanFelipeySantiago