Rubén Rada y nuestra espiritualidad laica
30 de Agosto de 2026
[Por: Rosa Ramos]
“Hay razones del corazón, que la razón no comprende”
Pascal
“… necesitamos poner palabra a lo que nos incumbe radicalmente,
sabiendo que siempre quedarán cortas o serán simples balbuceos…”
Armando Raffo, sj
La palabra “misterio” viene del verbo griego “myein”, que se traduce por cerrar los labios. Y sin embargo han corrido ríos de tinta a lo largo de los siglos para decir algo acerca del Misterio con mayúsculas, así como de otros y en particular del misterio humano. ¿Será, como decía Armando Raffo, que necesitamos poner palabra a lo que nos incumbe radicalmente, aún a sabiendas de que apenas damos rodeos, intentado porfiada y torpemente aproximarnos con balbuceos?
Hace pocos días falleció Rubén Rada, músico, compositor y cantante uruguayo. Que la gente se muera no es ningún misterio, que le ocurra a una persona de 83 años lo es aún menos, es “lo normal”. Pero ¿qué genera la muerte alrededor? ¿qué generó en este caso particular en un pueblo entero? Lo que he visto y oído en estos días me ha conmovido, generando admiración, asombro e interrogantes más “radicales”. Sin duda hay razones del corazón que aquí se expresaron vivamente.
Lo que se vivió en estos días a partir de la muerte del “Negro Rada” me generó una reflexión acerca de la espiritualidad de mi pueblo laico y su misterio.
¿Quién era este hombre? Fue un niño muy pobre, que confesaba haber pasado hambre, junto a sus hermanos. Recordaba agradecido los cuidados y consejos de su madre y su tía, melliza de su madre. Había mal cursado apenas la mitad de la educación primaria. Escribía mal y con faltas de ortografía. Nunca estudió música, pero tenía oído absoluto y fue un genio componiendo canciones y haciendo música. Integró bandas y luego se destacó como solista (si bien solía cantar acompañado por sus hijos y por muchos cantantes). Vivió en su país, pero también largos años en otros. No seguiré con detalles biográficos, su trayectoria puede leerse, o escucharse en entrevistas. Es fácil acceder a su inmensa producción discográfica y hay una película documental del 2024 que lleva su nombre.
Lo que importa plantear aquí es lo que suscitó su muerte en el pueblo y lo que eso nos interpela. El modo en que la gente vivió la muerte de Rada y la hizo suya, queriendo expresarle la gratitud escenificando sus canciones, realmente fue extraño y conmovedor, fue como un Pentecostés para el paisito. Muerto Rada desató una mística inusitada, bella, colorida, amén de dolida, extraña en este país, que se propagó como chispas de fuego hasta alcanzar a todos. Sorprendió ese lenguaje común de lágrimas, canto y baile que permite quizá atisbar una vocación de bondad y unidad.
¿Por qué este músico provocó llanto y movilización de todo un pueblo? Había en Rada un misterio de unidad, reconciliación y resiliencia que viviendo era admirado por muchos, pero muriendo nos encendió a todos, siguiendo la metáfora. Quizá oscuramente intuimos que su persona y la música que le brotaba de todo el cuerpo, así como su alegría inmensa de vivir, nos redimía de la culpa de la esclavitud a que fue sometida su estirpe africana. De modo misterioso y providencial la vida de los buenos nos abuena, y al morir sus virtudes estallan expandiéndose en miríadas que nos tocan. No estoy santificando a Rada, solo formulando hipótesis de comprensión de lo acaecido.
A pocas horas de su partida “de este plano”, -se decía en este ambiente secularizado uruguayo- fue impresionante el éxodo desde distintos barrios de Montevideo hacia la calle Isla de Flores, espacio emblemático del candombe. Allí empezaron a sonar las lonjas, y la gente a aplaudir, a bailar.
No es extraño que en el Barrio Sur suenen tambores, tampoco es tan raro que a un genio de la música se lo salude así. Lo extraño y conmovedor fue como ese sonido convocó a tantos. El origen de las famosas “llamadas”, fue precisamente el toque de tambores con que los esclavos africanos se llamaban a reunión. Siglos después, “el Negro”, esa noche, llamó a sus hermanos de todas las razas, de la única raza humana, como decía él. Acudió gente de diferentes clases sociales, edades y estados. Una religiosa argentina me lo contó feliz que se sumó con otras Hermanas a esa “fiesta de la espiritualidad uruguaya”. Desde muy lejos alguien me escribía: “orgulloso de ser uruguayo”.
Seguían las sorpresas, a nivel de Presidencia se declaró “duelo oficial” para el día siguiente y que el velatorio público se realizara en el amplio Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo. Ambas decisiones suponían un enorme reconocimiento del valor cultural de Rubén Rada. A estas decisiones se sumaron otras privadas: extrañamente los canales de televisión interrumpieron su programación, para ese día, y los siguientes, transmitir en vivo lo que sucedía, además de entrevistas y canciones.
El día 27 de agosto, desde las 15 hasta pasadas las 21 horas, hicieron largas filas miles de personas para pasar un instante frente al féretro y ofrendar una rosa, una foto, un cartel, una carta o una botella de vino. Sí, ¡también vino! Tan inédito como esa ofrenda fue escuchar en el suntuoso recinto durante todo el tiempo las canciones de Rada, cantarlas y con frecuencia aplaudir y bailar ante el ataúd. También llegaron y bailaron artistas de Argentina, y siempre se sumó su familia, familia de músicos como él. Nunca se había visto bailar en el Palacio Legislativo y más extraño aún: en un velatorio. Los medios transmitían en directo desde allí y se multiplicaban los videos por las redes.
¿Cómo explicar que, en un pueblo poco expresivo y poco dado a estridencias, se dieran estas expresiones? Tanto dolor, a la vez que tanto amor. Hacía un mes que Rada, que tanto amaba la vida, luchaba por vivir, que su familia lo acompañaba en esa lucha. Esa familia agotada de ese tiempo tan duro no se replegó, a ejemplo de él, se entregó, se expuso, sin retaceo ni pudor. Sus hijos no dejaron nunca de llorar, pero tampoco de abrazar y agradecer. En tanto todo el pueblo uruguayo, sin divisiones partidarias, y sus amigos argentinos, multiplicaban los gestos de gratitud y cariño.
¿Cómo se logró tal milagro de amor? ¿Fue la figura del artista notable y creativo que ofreció a todos su música durante tantas décadas? ¿Fue la persona misma de Rada, su alegría, su ternura, su humildad y autenticidad proverbial? Ahí entra lo histórico con toda su densidad y responsabilidad, lo que se construye desde lo dado. Ahí entran los otros -tantos otros en la vida de este hombre- como reverberaciones del Otro, entra el misterio humano y el Misterio. Aunque los uruguayos no se distingan por su religiosidad, creo que se distinguen por su profunda espiritualidad.
A partir del fenómeno de cómo vivió este pueblo la despedida de Rada las preguntas por las razones del corazón se repiten y siguen calando. ¿Qué imaginarios de vida en plenitud subyacen a las personas y a los pueblos, concretamente al nuestro? ¿Será que todos, más allá de ideologías y religiones, nos soñamos semejantes a Rada, humildes, buenos y generadores de unidad? ¿Será que, a pesar de nuestros empeños por acomodarnos a la sociedad, soñamos ser auténticos?
Cientos de canciones tenía grabadas Rada, muchísimas se recordaron y sonaron en estos días, pero quizá las más cantadas fueron “Mi país” y “Muriendo de plena”. (disponibles en internet)
¿Qué imaginario nostálgico de país unido y feliz, nos mueve al cantar “Mi país”? Acaso detrás del gris y la expresividad medida, ¿nos gustaría vestir como él, desafiando la sobriedad y las modas? Cuando cantamos “Muriendo de plena”, ¿somos irreverentes, o será que soñamos cantar y bailar viviendo y hasta muriendo? ¿Acaso el pueblo uruguayo poco proclive a la fe ultraterrena, tiene una nostalgia de Absoluto y un sueño de eternidad inconfesado?
