EL GRITO DE LA MUJER
Cuando en los años ochenta del siglo I Mateo escribe su
evangelio, la Iglesia tiene planteada una grave cuestión: ¿qué han de
hacer los seguidores de Jesús? ¿Encerrarse en el marco del pueblo judío o
abrirse también a los paganos?
Jesús solo había actuado dentro de las fronteras de Israel. Eliminado
rápidamente por el representante de Roma y los dirigentes del templo,
no había podido hacer nada más. Sin embargo, rastreando en su vida, los
discípulos recordaron dos cosas muy iluminadoras. Primero, Jesús era
capaz de descubrir entre los paganos una fe más grande que entre sus
propios seguidores. Segundo, Jesús no había reservado su compasión solo
para los judíos. El Dios de la compasión es de todos.
La escena es conmovedora. Una mujer sale al encuentro de Jesús. No
pertenece al pueblo elegido. Es pagana. Proviene del maldito pueblo de
los cananeos, que tanto había luchado contra Israel. Es una mujer sola y
sin nombre. Tal vez es madre soltera, viuda o ha sido abandonada por
los suyos.
Mateo solo destaca su fe. Toda su vida se resume en un grito que
expresa lo profundo de su desgracia. Viene detrás de los discípulos
«gritando». No se detiene ante el silencio de Jesús ni ante el malestar
de sus discípulos. La desgracia de su hija, poseída por «un demonio muy
malo», se ha convertido en su propio dolor: «Señor, ten compasión de
mí».
En un momento determinado, la mujer alcanza al grupo, detiene a
Jesús, se postra ante él y de rodillas le dice: «Señor, socórreme». No
acepta las explicaciones de Jesús, dedicado a su quehacer en Israel. No
acepta la exclusión étnica, política, religiosa y de sexos en que se
encuentran tantas mujeres, sufriendo soledad y marginación.
Es entonces cuando Jesús se manifiesta en toda su humildad y
grandeza: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas».
La mujer tiene razón. De nada sirven otras explicaciones. Lo primero es
aliviar el sufrimiento. Su petición coincide con la voluntad de Dios.
¿Qué hacemos los cristianos de hoy ante los gritos de tantas mujeres
solas, marginadas, maltratadas y olvidadas por la Iglesia? ¿Las dejamos
de lado justificando nuestro abandono por exigencias de otros
quehaceres? Jesús no lo hizo.