lunes, 24 de agosto de 2026

"Amerindia" Recuperaar el nombre propio Por Rosa Ramos.-

 Recuperar el nombre propio         23 de Agosto de 2026

[Por: Rosa Ramos]

                                           “Tu nombre me sabe a hierba,

                                 de la que nace en el valle,

                                a golpe de sol y de agua...”

                                             Joan Manuel Serrat

El Padre General de los Carmelitas, P. Miguel Márquez, cada semana graba un mensaje, suele contar algo de lo vivido en esos días, de las comunidades que visita por todo el mundo, resaltando lo positivo, la fe, la Gracia circulando generosamente por todas partes. Sus mensajes son siempre de esperanza, a partir de lo cotidiano, de lo pequeño, invisible a los ojos para la mayoría, visibles al corazón, a la contemplación.

 

Hace unos días lo escuché contar historias mínimas de las vacaciones con su familia, ya que estaba compartiendo unos días de descanso con hermanos, hermanas, cuñados, sobrinos. Precisamente me llamó la atención el relato de una sobrina pequeña, de un año y medio, que está aprendiendo a hablar. Contó admirado que la niña se acerca a cada uno, lo mira e intenta pronunciar el nombre, ensayando con su media lengua. Lo contaba con inmensa ternura, que transmitía.

 

La pequeña comenzaba a conocer a cada miembro de la familia, también a aquellos que veía cada tanto tiempo, y disfrutaba nombrarlos. No lo dijo, pero yo imagino que los adultos se “derretían” al oír su nombre y la miraban o abrazaban agradecidos, lo cual estimulaba a la niñita a repetirlo.

 

Hace muchos años, una teóloga brasileña contaba otra experiencia hermosa, vivía en un barrio pobre, en una comunidad inserta, y oía con dolor a los niños “moradores da rúa”, gritarse por apodos. No se llamaban por el nombre, sino que todos eran llamados por apelativos que subrayaban una condición discriminativa: “Preto”, “Gordo”, “Gordoña”, “Magro”, “Feio”, “Mequetrefe”

 

Una noche organizó una juntada de niños en un terreno baldío, algunos se acercaban con reticencia, pero ella empezó a cantar, después a proponer juegos. Se juntaron un montón, jugaban, se reían, cuando vio que ya había un buen clima sacó golosinas y bebidas, los hizo sentar en rueda para comer. Puso una consigna, primero todos debían decir su nombre propio, y los otros lo repetían, se reían inquietos, se burlaban un poco. Ella iba mirando a los ojos a cada niño y a los otros haciendo comentarios: “qué lindo nombre María”, “Pedro, así se llamaba mi papá”, “yo quiero mucho a un amigo que se llama “José”, “Heloísa, suena muy bonito”… Un ejercicio de memoria y de respeto. La segunda consigna fue que un niño le alcanzara a otro el vaso y los dulces, llamándolo por su nombre.

 

Una dinámica sencilla y audaz, reunirlos, conquistar su confianza, y darles la buena noticia (evangelizar de verdad): todos tenían un nombre y ese nombre era importante, especial, ¡qué lindo era que todos lo conocieran y se llamaran por su nombre!

 

Nombrar es una facultad humana-divina. Uno de los dos relatos de la creación dice que Dios crea y nombra lo que crea, en el otro relato, pone todo lo creado ante la criatura humana para le ponga nombre a cada una. Las tradiciones bíblicas recogen de ese modo en los relatos simbólicos el valor de nombrar, la bondad y belleza de las palabras. El ser y el nombre van juntos.


En la tradición semítica los nombres no eran al acaso, decían quién era la persona y cuál era su misión. Por eso también son frecuentes los cambios de nombre al ser adultos y asumir un papel importante a favor de su pueblo o comunidad.

 

La Biblia subraya el valor de cada persona, porque Dios la conoce y tiene los nombres de sus hijos tatuados en su palma. Esa confianza en el reconocimiento de Dios se confirma en el Nuevo Testamento cuando Jesús se llama a sí mismo buen pastor que conoce y llama por su nombre a cada uno. Y adquiere rostros e historias cuando reconoce y llama a Zaqueo por su hombre. En el relato lucano del rico y el pobre, éste tiene nombre: Lázaro. Y María será consolada en el sepulcro, recobrará fe y fuerzas al sentir -o recordar- la voz de su Rabí pronunciando su nombre.

 

Hasta no hace muchos años, era comunes en las sociedades cristianas los nombres de personajes bíblicos y de santos. Aún hoy en la Iglesia, al ser nombrado el obispo de Roma como primer acto debe elegir su nombre y este indica la orientación que quiere para su pontificado.

 

Sin duda poner el nombre a un hijo es un momento muy importante, un acto de amor y el reconocimiento de una persona singular. A la inversa, privar del nombre a una persona y adjudicarle un número es un acto de violencia tremendo, tatuar un número en la piel, o colocarlo en la ropa de presidiario, llamar a una persona por ese número y no por su nombre propio, es una forma sistemática de denigración, un intento de despersonalización.

 

Me admiraba cómo una amiga aprendía y recordaba el nombre de todos alumnos y compañeros, aún hoy siempre que relata algo lo hace con los nombres de todas las personas. No tengo dudas de que se debe a que estuvo presa en la dictadura y por tres años la llamaron por un número. Otro amigo, con cincuenta años en el exterior me dijo: “quiero volver a Uruguay para oír mi nombre”.

 

Si los padres eligen el nombre más bello y entrañable -por alguna razón- para sus hijos, corresponde después a cada uno reconocerse en ese nombre y darle un sentido propio. Las experiencias tempranas son importantes en ese sentido, luego es performativo es oírlo en la voz de los amigos y de las parejas. El nombre propio pronunciado con amor cobra sentido y valor nuevo.

 

“Tu nombre me sabe a hierba, de la que nace en el valle, a golpe de sol y de agua”, canta Serrat. Así expresa el amor por quien una mañana cerró su puerta y se echó a andar, por amor dejó los montes y se fue al mar, dice la canción. Imaginemos lo que provoca en ella cuando la nombra…

 

Cada uno de nosotros ha oído su nombre pronunciado de muchos modos y tonos, tal vez también con ecos de idiomas diferentes. Nos hace bien, de tanto en tanto, recordar, hacer resonar en lo más hondo esas voces queridas que nos han llamado por nuestro nombre a lo largo de nuestra vida. Recordar esas voces amorosas puede recrearnos, devolvernos la gracia del amor primero y del sacramento del bautismo, que nos animará a reconocer a otros y nombrarlos amándolos.

 

En el relato del carmelita de la sobrinita estrenando su lenguaje, nombrando a cada uno de la familia, en el de la teóloga con los niños de la calle, ayudándolos a recuperar su nombre original, podemos entrever o “entreoír” la voz de Dios recordándonos que nos conoce de modo singular y amoroso. Para Dios no somos esas cifras anónimas de las estadísticas sobre pobreza, migración, muertos en catástrofes o en guerras.

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