“¡Pobre compadre Juan Miguel, la vida que le ha tocado! Qué perro destino el suyo, que nadie se acuerde d él…” Letra deYamandú Palacios, cantada por Alfredo Zitarrosa
Escuchar a los pobres y contemplar su riqueza
EsEsta vez mi entrega más que un artículo será una especie de pintura impresionista hecha de relatos breves a partir de lo que he visto y oído esta semana y con toques de pincel de preguntas.
Gustavo Gutiérrez mantuvo hasta el final la interrogante, “¿dónde dormirán los pobres esta noche?” La pregunta sigue resonando cada noche, especialmente de invierno. Hay otras preguntas inquietantes: quién escucha, quién mira a los ojos, quién sabe el nombre del pobre, quién ve el trabajo del pobre. Normalmente son invisibilizados o silenciados por la anestesia colectiva o, por la aporofobia, término acuñado por la filósofa española Adela Cortina.
El lunes no encontré asientos libres al tomar un coche de transporte público en una periferia de Montevideo, al rato se desocuparon simultáneamente dos. En uno estaba un hombre bien vestido, formal, como para ir a trabajar a una oficina. En el otro un hombre vestido muy pobremente y desabrigado; sobrio, pero con evidentes signos de alcoholismo. Prolija y perfumada, dudé un instante y elegí sentarme con el último, pidiéndole el permiso correspondiente.
Poco después, me preguntó la hora -13.30, 1 y media, respondí-. Agradeció mucho, porque “no siempre me responden” y ese fue el inicio del diálogo o de su monólogo.
No supe su nombre, pero sí escuché atentamente sus frases torpes, entrecortadas, con diversos y dispersos relatos. Los pobres, en muchas circunstancias no sólo se conviertan en analfabetos por desuso, sino también casi en afásicos, por no hablar. ¡Por no tener quien los escuche!
Me contó -o se contó- mucho en breve tiempo. Necesitaba ser escuchado, no importaba por quién, o, quizá, escuchar su propia voz. Había estado varias veces internado, incluso en CTI, del que salió un 24 de diciembre. Ahí se mal hizo una torpe señal de la cruz agradecido. Antes de sentarme a su lado, ya me había parecido ver que la hacía, pero no había ninguna iglesia ni cortejo fúnebre, seguramente la había trazado ante un recuerdo o una imagen en su cabeza entreverada.
En ese tiempo su señora esperaba una niña y él quiso -y ella aceptó- que se llamara Milagros. Milagros Morena, vivían en la Blanqueada. ¿Morena sería el apellido, o Morena por contraste con Blanqueada? En el trayecto varias veces mencionó a su hija que ya tenía dieciocho años.
Otros relatos versaban sobre un cuñado que era cantante de un conjunto musical tropical, famoso, según decía, cantaban en muchos boliches, ganaba bien, tenía coche de alta gama, le regalaba ropa. “Yo perdí mucha ropa”, dijo, quizá para explicar su buzo tan viejo y en mal estado. ¿Viviría en situación de calle? Me pareció eso.
Sus relatos no eran cronológicos, intentó balbucear varias letras de las canciones que cantaba su cuñado famoso, no me quedó claro si él componía algunas. Se notaba el esfuerzo por buscar en su memoria aquellos versos.
No sabía por qué su señora lo había dejado, más bien lo había echado. Ese no saber le dolía aún, lo reiteraba, al igual que nombraba a Milagros. De pronto, dijo “permiso” y se bajó apresurado.
No supe su nombre. ¿Quién llamará por su nombre a los pobres? Me miraba solo cuando quedaba en blanco, hurgando en su memoria entorpecida, pero sabía que yo estaba allí mirándolo.
Sucedió misteriosamente este encuentro y en forma muy semejante al diálogo con “el Rengo”, en otro ómnibus hace tantos años. No pude menos que recordar aquella escena que me marcó tanto. También recordé “La tristeza”, el cuento de Antón Chéjov. El viejo cochero, sumido en un gran dolor, no encontró a nadie que lo escuchara, al final su enorme tristeza se la contó a los caballos.
El viernes asistí a un velatorio en otro barrio periférico de la ciudad. Siempre que vemos un cadáver recordamos que vamos a morir, todos, sin importar ideas, religión, ni cuánto hayamos trabajado. La religiosa fallecida con ochenta y dos años seguía trabajando. Otro asumirá sus desvelos, quizá sin desvelarse, y lo mismo sucederá, sin duda, a nuestra muerte. ¿Por qué nos afanamos tanto?, ya sea en fines nobles como un colegio o en acumular poder y riqueza a expensas de guerras y desmanes…
La vida es curiosa, pícara. En medio de la Misa, en plena consagración, para mi gusto demasiado formal, casi teatral, hace aparición en escena un pequeñísimo ratón que circuló entre los presentes. ¿Un guiño, una broma de Dios? Quizá un ubicarnos en nuestra pequeñez de “humanitos” y hacernos reír -asustándonos- de nuestras ínfulas de señoras y señores “reyes de la creación”.
Tras esta digresión, ya vuelvo a los pobres y a las preguntas iniciales, ¿vemos a los pobres, vemos sus trabajos? No pocos andan por el mundo diciendo que “los pobres son vagos, no trabajan, por eso son pobres”. Al salir del velatorio hice caminando algunas cuadres, observando con pena aquel barrio de casas pequeñas pero muy prolijas, construidas hace cincuenta o setenta años, para la típica familia de cuatro personas, y que ahora está “venido a menos” con basurales y descuido general.
De pronto veo a pocos metros una persona metida dentro de un contenedor de basura, sobre la calle un carrito ya cargado y a su lado una bolsa inmensa, creo que hecha a propósito de que en ella quepa mucho. El hombre muy joven y muy delgado sale, acaba de llenar esa bolsa y con evidente esfuerzo la sube a la carga que ya estaba sobre el carrito. No tenía caballo, sería tirado a tracción humana, ¿cuánto pesaría aquella carga que sobrepasaba el metro y medio de altura? Recordé la canción que cantaba Zitarrosa: Coplas al compadre Juan Miguel, citada al inicio.
¿Qué tenía yo para ofrecerle? Nada me pidió, pero necesitaba darle algo. Encontré la mirada y el saludo y se lo ofrecí. Lo miré directo al rostro y le dije “Buenos días, vecino”. Me respondió de igual modo “Buenos días, vecina”. Hubo en ese cruce de saludos mucho respeto y creo que algo más.
No lo miré como “hurgador”, sino como “trabajador”, como “clasificador”, nombre que lograron darse hace cuarenta años los vecinos del Padre Cacho, subrayando la contribución a la sociedad y al cuidado de la casa común. Lo miré admirada por su trabajo y agradecida, le auguré más que buen día. Agradecido también me miró y saludó él. Mucha gente no los mira, les teme o los desprecia.
Pocos después vi a otro hombre con otro carrito y herramientas para cortar el pasto. Al llegar a la avenida importante del barrio se oían muchas voces, se veía mucho movimiento: los vendedores informales -esos que no tienen derechos sociales- ocupaban las veredas con sus mercaderías. Pensé: ¡vaya si los pobres trabajan y cuánto! ¿Qué colirio necesitamos para verlos?
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