DOMINGO 28 (A) (Mt 22,1-14)
El domingo pasado el símbolo era la viña, hoy la imagen es el banquete. Es un relato polémico que acusa a los dirigentes judíos de haber rechazado la oferta de salvación que Dios hace por medio de Jesús. El relato intenta superar el trauma de la separación de la religión judía y advertir del peligro de repetir los mismos errores en la comunidad.
El texto de Is. es una joya. El profeta tiene que hablar a un pueblo que atraviesa la peor crisis de su historia. Lo hace con una visión de futuro muy lúcida. Habla de manjares enjundiosos y vinos generosos, de quitar el luto de todos los pueblos, de alejar el oprobio y enjugar las lágrimas de todos los rostros, de aniquilar la muerte.
Bella oferta para un pueblo hundido en la miseria. Se trata de una salvación total por parte de un Dios en quien confía el profeta a pesar de las circunstancias adversas. Dios salva a todos. Apuntado, porque también allí se ponen condiciones: los que no son judíos se ven obligados a venir a “este” monte (Jerusalén) para encontrar salvación.
El banquete es una imagen muy repetida en el AT. Para Jesús significa el Reino de Dios. Para los que pasan hambre diariamente, es una ocasión única para quitar las penas. El banquete de boda era la única ocasión que tenía el pueblo de celebrar una fiesta. Se trata de una metáfora para indicar que Dios está con el pueblo.
Los primeros invitados son los jefes religiosos judíos que se negaron a aceptar el mensaje de Jesús. El prender fuego a la ciudad hace una alusión clara a la destrucción de Jerusalén. Los nuevos invitados son todos los seres humanos, sin importar ni raza ni condición social y, lo que es más escandaloso, sin importar si son buenos o malos.
El Dios de Jesús no es un señor que monta en cólera y manda acabar con aquellos asesinos. Esto no tiene nada que ver con la idea que Jesús tiene de Dios, pero responde muy bien al Dios del AT que a su vez refleja la manera de ser del hombre. Nos sentimos más a gusto con el Dios que premia y castiga que con el de Jesús.
Tampoco el añadido del individuo que no llevaba traje de fiesta tiene mucho que ver con el evangelio. Si salen a los cruces de los caminos para obligar a toda la gente que encuentren, ¿qué sentido tiene que se le exija un vestido de boda? La intención del evangelista es buena, pero se ha entendido literalmente y nos ha despistado.
El texto quiere evitar malas interpretaciones de la pertenencia a la comunidad. Era muy fácil entrar a formar parte de la comunidad y aprovechar las ventajas sin vivir de acuerdo con el evangelio. No basta pertenecer a una comunidad. Solo el que de verdad se revista de Cristo (Pablo) puede estar seguro de entrar en el Reino.
Cuando el texto dice que los primeros invitados no se lo merecían, tiene razón, pero existe el peligro grave de creer que los llamados en segunda convocatoria lo merecían. El centro del mensaje del evangelio está en que invitan a todos: malos y buenos. Seguimos creyéndonos los elegidos, los privilegiados, los buenos con derecho a excluir.
Ojo a los motivos de los primeros invitados para rechazar la oferta. La llamada a una vida en profundidad queda ofuscada, entonces y ahora, por el hedonismo. Los cantos de sirenas de los placeres inmediatos son más persuasivos que las posibilidades de plenitud que podíamos desplegar desde nuestro ser más profundo.
No puede haber banquete, no puede haber alegría, si alguno de los invitados tiene motivos para llorar. Solamente cuando hayan desaparecido las lágrimas de todos los rostros, podremos sentarnos a celebrar la gran fiesta. La realidad de nuestro mundo nos muestra muchas lágrimas y sufrimiento causados por nuestro egoísmo.
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