(Nos parece el mejor comentario para el domingo próximo) del Blog.-
Solo
el amor engendra la maravilla
Me ha impactado por la profunda
humanidad que transmite y, por eso, quería compartir con vosotras y vosotros
esta hermosa historia:
“Mazen Julani era un farmacéutico
palestino de 32 años, padre de tres hijos. Vivía en la parte árabe de
Jerusalén. Mientras tomaba un café con unos amigos en un bar, fue víctima de un
disparo mortal procedente de un colono judío.
Se trataba de una venganza contra el
grupo palestino Hamás, que, poco antes, había matado a numerosas personas en
una discoteca mediante un terrorista suicida. El proyectil le entró por el
cuello a Mazen y le destrozó el cerebro. Lo trasladaron inmediatamente a un
hospital israelí, pero ya había fallecido al llegar.
Entonces ocurrió algo sorprendente. El
clan de los Julani decidió allí mismo, en los pasillos del hospital, donar
todos los órganos de su hijo fallecido: el corazón, el hígado, los riñones y el
páncreas para trasplantarlos a pacientes israelíes. El jefe del clan aclaró en
nombre de todos que este gesto no tenía ninguna connotación política. Se
trataba de un gesto estrictamente humanitario.
Según la religión musulmana, dijo, todos
formamos una única familia humana y todos somos iguales, israelíes y
palestinos. No importa a quién se le trasplanten los órganos. Lo esencial es
que ayuden a salvar vidas. Por eso, concluía: los órganos se destinarán a
nuestros vecinos israelíes.
De hecho, se llevó a cabo un trasplante
de corazón. En el israelí Yigal Cohen late ahora un corazón palestino, el de
Mazen Julani.
A la mujer de Mazen le costó explicar a
su hija de cuatro años la muerte de su padre. Solo le decía que su padre se había
ido de viaje muy lejos y que, al volver, le traería un bonito regalo.
A quienes tenía cerca, les susurró con
los ojos llenos de lágrimas: «Dentro de un tiempo iremos a visitar a Yigal
Cohen en la parte israelí de Jerusalén».
Ygal Cohen vive con el corazón de mi
marido y del padre de mis hijos. Será un gran consuelo para nosotros acercar la
oreja al pecho de Ygal y escuchar el corazón de aquel que tanto nos amó y que,
en cierto modo, sigue latiendo por nosotros. Y así lo hacían de vez en cuando”.
Es cierto que la sociedad actual está
muy encizañada y dividida, es difícil en muchas ocasiones mantener una
conversación cordial, mostramos posturas irreconciliables; el auge de la
extrema derecha a nivel mundial es una auténtica amenaza para la libertad y la democracia
de nuestros países; las guerras y los genocidios continúan sin que los acuerdos
de paz se establezcan; el hambre sigue matando cada día a miles y miles de
personas…
Todo esto es verdad. Pero si solo
miramos esta realidad y nos dejamos llevar por el abatimiento y la desconfianza,
estamos perdidos.
Porque hay otros muchos testimonios a
nuestro alrededor y en nuestro mundo que nos aportan una buena dosis de reilusión, para seguir caminando, seguir creyendo, seguir esperando. Están ahí, muchas veces
a la vuelta de la esquina, en nuestro mismo barrio. Yo lo he visto y doy
testimonio de ello. Y sé que si nos unimos para transformar esta realidad tan
dolorosa, si juntamos nuestras manos y nuestros corazones podremos realizar
milagros de solidaridad, ternura, paz y justicia.
Ver levantar el ánimo, el rostro, la
mirada y ponerse en pie a alguien que estaba postrado por la angustia y el
desaliento, no tiene precio.
Dice Boff al final de su artículo: “Más
fuerte que la muerte es el amor. Y quien tiene el amor, lo tiene todo”. O de
forma similar, Silvio Rodríguez: “Solo el amor alumbra lo que perdura, / solo
el amor convierte en milagro el barro. / Solo el amor engendra la maravilla, / solo
el amor consigue encender lo muerto”.
A ese amor eficaz, cercano, generoso,
sin fronteras de ningún tipo me apunto. Es el auténtico, el que predicó Jesús
de Nazaret con su vida y las de tantas y tantas personas rebosantes de
humanidad, que han sido y son en nuestros días “en el mejor sentido de la
palabra, buenas” (Antonio Machado).
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