En palabras del teólogo José Arregi, la Iglesia tiene por delante, después del coronavirus, esta ardua tarea si aspira a dejar de ser una institución cuya "desubicación social y cultural" es "evidente". Crítico frente al mismo discurso "medieval, de siempre", Arregi reflexiona en esta entrevista sobre la urgencia de reformar los códigos eclesiásticos y la teología de fondo, provocando. la aparición de una Iglesia que demuestre ser de veras samaritana.....
"Muchos obispos utilizan masivamente las nuevas tecnologías para difundir el mismo mensaje 'de siempre', medieval, incomprensible. Cuanto más se difunde, más negativo es su efecto, más crece la distancia entre el Evangelio y la cultura de hoy"
Lo más probable, me parece, es que la Iglesia sea incapaz de responder a
este doble y único desafío, y que, en consecuencia, la distancia entre la
Iglesia y el mundo de hoy se acreciente y la crisis de la Iglesia se acentúe.
El Papa Francisco está siendo un profeta mundial de una Iglesia pobre y para
los pobres, pero su teología sigue siendo muy tradicional. Mientras persista
ese desajuste, la reforma necesaria de la Iglesia me parece imposible.
¿Podrá seguir manteniendo su actual estructura económica, territorial y
funcional?
La drástica reducción numérica de los “fieles” (que creo que acabará
extendiéndose a nivel planetario) por un lado, y, por otro, la globalización de
Internet exigen, efectivamente, que se repiense todo el funcionamiento y la
organización de la Iglesia católica (parroquias, diócesis, Vaticano, distinción
entre clérigos-laicos, exclusión de la mujer, sacramentos…). La pesadísima
maquinaria clerical, vertical y centralizada es insostenible. Pero no se trata
tanto de “formas de organización”, sino de modelo de reli
¿La pandemia ha despertado en el laicado la conciencia de su ser 'pueblo
sacerdotal' y, por tanto, la exigencia de asumir ministerios ordenados?
Esa conciencia viene de mucho antes, pero es verdad que la pandemia y el
confinamiento la agudizan. Y no se trata de que los “laicos” asuman
“ministerios ordenados”, sino de superar la distinción entre laicos y clérigos
(distinción creada por los clérigos) y, por lo tanto, entre “ministerios
ordenados” y “ministerios no ordenados”, como si los primeros emanasen de
“Cristo” a través de su representante sagrado (el obispo) y los segundos fuesen
“mera delegación de la comunidad”. Ese esquema ya no tiene sentido. ¿Lo
aprenderemos en el confinamiento? ¿Nos tendrá que enseñar esta nueva teología
un coronavirus?
¿Habrá que revisar la actual praxis sacramental, especialmente de la
eucaristía y de la penitencia?
¿Cómo entender que no podamos celebrar la memoria sacramental de Jesús
porque no podamos ir a una iglesia o porque un “sacerdote ordenado” no pueda
venir a casa? ¿Cómo seguir manteniendo que no hay “sacramento eucarístico” (que
significa dar gracias por la vida) si no hay “transustanciación” del pan y del
vino o de lo que sea en “cuerpo de Cristo”? ¿Pues qué son el pan y el vino y
todo lo que es sino cuerpo de Cristo, si es que sabemos mirarlos con ojos de
evangelio? ¿Y cómo entender que no somos perdonados si un sacerdote
canónicamente ordenado no nos absuelve? ¿Qué es el pecado sino el daño que nos
hacemos, y cómo curarlo sino derramando un poco de ungüento los unos sobre los
otros, confinados en casa o en la calle o en las instituciones políticas y en
las leyes del mercado que habrá que revisar cuando pase esta pandemia, si no
queremos que otra pandemia mucho peor acabe con todos? ¿Qué es el perdón sino
seguir cuidando la vida confiando en el otro? ¿No deben ser nuestra palabra,
nuestra mirada y nuestros gestos cotidianos verdadero sacramento del perdón
mutuo “setenta veces siete” cada día?
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