Hubo un tiempo en que Ricardo trabajaba como feriante. La primera vez juntó algunas cosas que ya no se necesitaban en su casa, las cargó en la camioneta y allá se fue a la feria barrial, con su madre al volante y la ansiedad apenas reprimida. El primer día le fue bien, pero hubo jornadas mejores, en las que llegó a ganar 400 pesos en un par de horas. Nada mal para un adolescente que buscaba pagarse sus gustos y salidas. El “mamá, dame plata” lo cambió por “mamá, llevame a la feria”. María Josefina, su madre, estaba encantada.
Mientras Serpaj se movilizaba, desde los barrios más pobres de Montevideo también surgían voces reclamando vida. En el mismo año del plebiscito constitucional, las autoridades desalojaron varios “cantegriles”, barrios de ranchos de chapa y cartón, instalados en terrenos estatales o municipales. La medida no contemplaba una solución habitacional para estos habitantes de la pobreza. Fueron los propios vecinos desalojados y otros que todavía vivían en los “cante” que se organizaron para hacer valer el derecho a una vivienda, tal como establece la constitución. Así nació Movide (Movimiento Pro Vivienda Decorosa), que tuvo el empuje del Padre Cacho, el cura que en el año 1977 se mudó de su iglesia a un rancho en la zona de Aparicio Saravia, una de las de mayor pobreza de la ciudad. Y “como si no las tiene, se las busca”, al decir de Artemio, María Josefina se integró como asesora legal del Movide."De esa forma matábamos tres pájaros de un tiro: Ricardo ganaba dinero, las cosas adquirían nueva vida con otros dueños y yo me desprendía. Así es la vida, desprenderse”, cuenta María Josefina ahora, y sabe de lo que habla. De hecho, que ahora estemos conversando en el jardín de su casa en Flor de Maroñas tiene que ver con el desprendimiento, con la generosidad y, de alguna manera, con la transgresión.