Hoy nos encontramos a Jesús en oración. No es ésta la única ocasión en la que aparece orando. Más bien ocurre con frecuencia (sobre todo en Lucas). Parece que era una necesidad tan vital para él, que a veces se pasa la noche entera orando. El Hijo necesita encontrarse con el Padre, y el Padre necesita encontrarse con el Hijo. Y si esto es así, nosotros, que no somos Jesucristo, nos quedamos sin excusas ni argumentos para no orar. Hay que decirlo así de claro: Yo necesito orar y el Padre necesita o desea que yo ore.
Se ve que a los discípulos de Jesús les resultaba llamativo y les cuestionaba eso de verle orar. Algo notaban en su oración que les resultaba«distinta» con respecto a lo que, como judíos, habían aprendido y estaban acostumbrados. ¿Y Cómo era esta oración, de la que Jesús se distancia y diferencia?
- Algunos rezaban repitiendo Salmos, bendiciones y plegarias, o algún pasaje bíblico en concreto, que aprendieron desde pequeños... Tiene su valor este modo de orar, pero... tiene el riesgo de que realmente no haya verdadero encuentro con Dios, que se quede todo en palabrería y rutina, que sea yo solo el que hable, y que no me plantee el «Señor, ¿qué quieres de mí?».
- Muchos comprendían la oración como un modo de «informar» a Dios de lo que les pasa, y convencerle de que les echase una mano, o explicarle lo que tendría que hacer en su favor. Dios sería algo así como un señor feudal sentado en su trono, al que hay que sacar de sus profundas meditaciones, para decirle que estamos aquí, y que necesitamos sus «mercedes», como decían los antiguos cristianos.